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Roxana Nahuelcura: La profesora que “hace” ciencias

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Roxana Nahuelcura: La profesora que “hace” ciencias

Sus alumnas han sido reconocidas por sus trabajos con una bacteria que degrada petróleo, otra que es capaz de degradar metales pesados y un traje robótico para ciegos con sensores. Esta es la historia de Roxana Nahuelcura, una profesora de biología que está marcando la diferencia. Descubre su historia en la siguiente nota de Revista YA.

Escrito por: Fuente Externa

agosto 16, 2017

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Sus alumnas del Liceo 1 han conseguido extraordinarios logros en los últimos cuatro años, gracias a proyectos científicos y tecnológicos en Antártica, Estocolmo, Washington y Medellín. Pedagoga de Biología de profesión, Roxana Nahuelcura se ha hecho un nombre al incentivar a las adolescentes a estudiar ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas. Y aquí contamos su historia.

Cuando abre las puertas de un locker aparecen. Sobre unos estantes, nueve microscopios binoculares nuevos, todavía embolsados. A un lado, cajas de cartón, blancas y pequeñas, que guardan en su interior portaobjetos, cubreobjetos y material de disección en miniatura para poder observar minúsculas muestras sólidas de diferentes tipos de tejido posadas en vidriecitos. A primera vista parecen un trozo pequeño de un papel manchado, un aspecto demasiado inofensivo para lo que son en realidad: lonjas ínfimas de músculo estriado y duodeno, tejido conectivo, de médula espinal. También hay de arterias, de tejido conectivo laxo, de vaso sanguíneo de pulmón, de riñón, de papila gustativa, de páncreas.

Roxana Nahuelcura, la profesora de Biología del Liceo 1 Javiera Carrera, ubicado en la intersección de Compañía con San Martín, las muestra desde el laboratorio: una sala de mesones desocupados, por donde entra muy poca luz natural. Es el único que hay en este colegio, después de que años atrás se transformaran las aulas dedicadas a las asignaturas de física, química y biología, en salas de clases, ante la alta demanda de matrículas.

Los microscopios y el material de disección están para que sus alumnas vean células como corresponde, dice, para que puedan identificarlas por partes, para que puedan compararlas y crear hipótesis.

Son compras que el Liceo 1 hizo hace unos meses. Eso para celebrar los extraordinarios logros conseguidos por las alumnas de Enseñanza Media de este colegio, de primero, segundo, tercero y cuarto medio, provenientes de comunas tan distintas como Lampa, Melipilla, Puente Alto y Quilicura, en los últimos cuatro años: importantes reconocimientos por sus investigaciones bibliográficas y proyectos científicos y tecnológicos en ferias escolares mundiales. Han sido premiadas por sus trabajos con una bacteria que degrada petróleo, otra que es capaz de degradar metales pesados, un traje robótico para ciegos con sensores y estudios de neurociencias relacionadas con la educación. En total, la profesora y sus alumnas han hecho tres viajes a la Antártica, dos a Estocolmo, uno a Washington y otro a Medellín. Varias de estas iniciativas han sido desarrolladas en laboratorios prestados: en los de la Universidad de Chile y en los de la Andrés Bello, que han permitido a las alumnas hacer sus experimentos guiadas por científicos.

Varias hoy estudian carreras de las ciencias, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas.

Todos estos proyectos han sido supervisados por Roxana Nahuelcura, egresada del Pedagógico, la primera profesional en su familia, hija única de un cocinero y administrador de un restorán y de una decoradora de interiores dedicada a la restauración, con antepasados mapuches con los que nunca tuvo contacto.

Hasta hace un par de años, Roxana Nahuelcura se las tenía que ingeniar para enseñar sobre las células. Sin el debido equipamiento, imprimía en forma de círculo imágenes que descargaba de Google, simulando cómo se vería una célula a través de un microscopio.

Funcionaba muy bien con las fotos de la mitosis de las hojas de la cebolla, dice.

-Era lo que más las acercaba a la realidad.

Hasta hace poco había ahí microscopios monoculares, de los ochenta, los mismos que ella ocupó a mediados de esa década, cuando estudió allí y las ciencias no fueron un camino que le incentivaron a seguir. Casi treinta años después, lidera en este lugar el “Centro de Investigación Javierina”, una instancia interdisciplinaria, sin sala aún, donde profesores de historia, física, biología y química que hacen talleres de experimentación se juntan a conversar sobre lo que cada uno hace, para colaborarse.

-Hasta ahora, todos los profesores trabajaban en distintas investigaciones pero de forma aislada -dice Roxana Nahuelcura-. Y esto es como la importancia de la diversidad. Es potenciarse, entre diferentes especies, para poder tener un nicho, un lugar, un ambiente donde podamos crear esta ciencia, desde la parte escolar de verdad, de manera más instintiva.

La subjetividad de la ciencia

Desde que en segundo medio le encargaron, de tarea, dibujar el sistema reproductor -la fecundación, el desarrollo embrionario, el feto, el óvulo, los estados embrionarios-, Roxana Nahuelcura empezó a convertir sus cuadernos de corchete en libros explicativos: una manera de poner en el papel su propia mirada de la ciencia. Y se acostumbró. Lo hacía replicando los dibujos que veía en los libros, imaginándose las trayectorias de los mundos que habitaban en el cuerpo humano pero también afuera, en el ecosistema. Siempre le gustó la Biología. Cuando salió del colegio quiso estudiarla. Desechó la licenciatura. Le dijeron que no tenía campo, tampoco trabajo. Así entró a estudiar Pedagogía en el Pedagógico. Ahí, a pesar de que le dieron las herramientas metodológicas para la pedagogía, dice, no tuvo “la experiencia de hacer investigación ni tampoco le enseñaron acerca de ciencia escolar”.

-Si uno va a ser profesora de ciencias tiene que hacer y practicar las ciencias. Y si era de Biología también había que experimentar. Uno sale de la universidad y piensa que solo va a pasar contenido. No se imagina que “puede” hacer ciencia.

-¿Por qué usted no fue científica?

-No es que no haya querido. Me faltó información acerca de la carrera. Me imaginaba que iba estar todo el día adentro de un laboratorio. Hoy sé que el científico pasa una época en terreno, después en el laboratorio, analizando sus muestras, y después otra época participando en seminarios: divulgando lo que hace en el laboratorio. En un mundo del que no se sabe mucho, uno enfrenta sus propias hipótesis a las de otros.

-¿Qué es lo que más le gusta de este mundo?

-Las conversaciones que se tienen. Siempre hay miradas distintas. La ciencia es muy subjetiva. Si hoy me levanto con un ánimo, voy a ver en la muestra una cosa, pero a lo mejor mañana voy a ver otra. Es inherente a la esencia humana. Es también creativa porque para poder hacer una observación, por ejemplo, de aves, inventaré algo para que ellas no me vean. Pero, a lo mejor, va a depender de mi ánimo algo que no vi, y pasó desapercibido y pudo haber sido muy importante.

El último cuaderno que Roxana Nahuelcura dibujó fue sobre ballenas: sobre sus características y sobre las distintas especies que habitan en Chile. Lo hizo tras el último viaje que realizó con sus alumnas a la Antártica, gracias a un trabajo experimental que ellas mostraron en la Feria Antártica Escolar del Instituto Antártico Chileno, acerca de un grupo de bacterias que degradan metales pesados. Ahí pudo observar ballenas de cerca, verlas respirar y arrojar el agua en forma de sifón a la superficie.

Roxana Nahuelcura también habla del libro que hizo de las hojas y cuenta que hay alumnas que tienen libros hechos a mano sobre, por ejemplo, los tipos de moluscos. El año pasado una hizo uno de las ranas chilenas. Así es como a algunas les enseña el método científico y el indagatorio, construyendo su propio aprendizaje, buscando las maneras de volverlo más significativo para ellas. El primero de todos los proyectos que supervisó partió precisamente así, en 2012, en el laboratorio de la Universidad Andrés Bello, donde sus alumnas, en placas petri, cultivaron, sembraron y aislaron bacterias presentes en una muestra de suelo antártico. Esto para comprobar la hipótesis de la científica estadounidense Jenny Blamey, que sugería que cerca de las bases antárticas, había zonas contaminadas con petróleo. Las alumnas cultivaron esta muestra con fenantreno, un componente del petróleo. Y lo vieron: las bacterias empezaron a vivir felices, proliferando en las placas. Así, concluyeron que estas bacterias sí podían degradar
el petróleo, sobreviviendo a un ambiente contaminado.

-Pero yo nunca he interferido en los proyectos -dice-. Ellas trabajan solas.

El proyecto no quedó ahí: las alumnas propusieron un biorremediador, una suerte de acuario, donde estarían las bacterias, para aislarlas del medio -de la Antártica o de otro lugar donde el agua estuviera contaminada-, y ocuparlas para filtrar agua contaminada.

Ese proyecto las llevó a competir en distintas ferias escolares en Chile y el extranjero, como la que se desarrolló en Estocolmo, donde este proyecto ganó, el primer lugar, entre más de treinta países, incluido China, cuyos representantes mostraban un robot que buscaba, detectaba, encontraba y filtraba agua.

-Yo ahí me dije: “¿cuántos años enseñando ciencias sin hacer ciencias?” Eran casi 20.

Así vinieron muchos más proyectos. Un grupo de alumnas presentó un trabajo en esa misma ciudad y al tiempo después lo hizo otro, que creó un traje robótico para ciegos, con sensores, que mostró y ganó reconocimientos en una feria de emprendimiento, primero en Washington y luego en Medellín, Colombia. El año pasado, varias de sus estudiantes trabajaron tres proyectos junto a la Comisión Chilena de Energía Nuclear, en conjunto con la Universidad Andrés Bello. Entre ellos evaluaron el efecto del plasma frío -una innovadora técnica en base a moléculas de gas- para ser usado como un potencial bactericida.

-El modelo de las anteriores, que han viajado y han llegado lejos, motiva a nuevas todo el tiempo -dice Roxana Nahuelcura.

La ciencia es creatividad

Como parte de una investigación, hoy algunas de sus alumnas observan a dos grupos de personas: uno que lee con ruidos molestos -el llanto de una guagua, un bocinazo- y otro, sin ruidos. Una máquina persigue el movimiento de sus ojos para saber si el ruido las distrae o, en realidad, no es un obstáculo para la concentración. Cuando las primeras observaciones dieron como resultado que quienes se enfrentaban a ruidos molestos tenían respuestas menos erradas a las que no los escuchan, sus alumnas pensaron que había un error.

“¿Cómo podía ser posible?”, preguntaban.

Roxana les respondía lo que hoy repite como un mantra:

-Nunca crean a la primera -dice-. Así funciona el espíritu crítico. Es volver a analizar las cosas desde distintos puntos.

La sala en la que realiza sus clases, a poco más de cuarenta alumnas en promedio, es, de hecho, muy ruidosa. También muy helada en invierno y muy calurosa en verano. Antes Roxana Nahuelcura era de quejarse mucho. También porque no había laboratorio, porque el lugar que se destinaba a su función no tenía ni estantes, solo mesones.

-Todos creen que por ser un colegio emblemático tenemos todo, y no. Pero lo hice hasta que me di cuenta de que podía ser beneficioso para las chiquillas, enfrentarse a las desventajas, tratando de sacarle provecho a todo. He visto que así inventan cosas, que aumenta su creatividad -dice-. Se piensa que para ser científicas se debe ser rigurosa, catedrática, la teoría y todo eso, pero, en realidad, la ciencia es creatividad. Cuántos experimentos e investigaciones han surgido así. Siempre les digo a mis alumnas que sean curiosas, que conversen con científicos, que les escriban. Ellos contestan.

No todo ha sido gratificante en las ferias a las que Roxana Nahuelcura ha asistido, supervisando a sus alumnas.

-Al ser un trabajo tan bueno nos ha pasado que no creen que haya sido hecho por niñas.

Una vez, cuenta Roxana Nahuelcura, una científica, jueza en un concurso escolar, las evaluó mal, añadiendo de comentario: “Niñas, las felicito, pero las ciencias no se hacen así, no creo que ustedes hayan postulado ni la hipótesis ni los objetivos, el trabajo se los debió haber hecho un adulto, pero sigan intentándolo”.

-Ahí yo me dije: “¿Pero por qué hace eso?”. La respuesta la leyeron las niñas y se sintieron mal. Yo les dije, primero, que ella no conocía nuestro trabajo, que era una opinión que venía desde afuera, y que vieran el malentendido como un halago.

-¿Le ha pasado a usted?

-He aprendido a no subestimar a mis estudiantes. Son capaces de hacer un montón de cosas. El año pasado unas estudiantes hicieron un marco teórico y al estar tan bien redactado, uno, de pronto, piensa que pueden haberlo copiado. Yo incluso dudé y las googlié. Tampoco las conocía desde antes. Y no, no había copia. La redacción era de ellas. Ahí me dije: “cometí un error”. No se los dije a ellas. Me di cuenta de que ellas sí pueden hacerlo. Ellas me han enseñado mucho a mí.

-¿Qué le han enseñado?

-Uno como adulto tiene ciertos parámetros. Se acostumbra a repetir la misma fórmula para conseguir los mismos resultados. Y trata de no salirse de esos límites. Las niñas no los tienen. No es que esto pase hoy. Ha pasado siempre. La experiencia te va diciendo “esto es”. No damos espacio a otra probabilidad, a “esto no es”. Cuando, a veces, eso puede no ser. Así damos espacio a que suceda algo inesperado.

“Se piensa que para ser científicas se debe ser rigurosa, catedrática, la teoría y todo eso, pero, en realidad, la ciencia es creatividad”.

“Yo he aprendido a no subestimar a mis estudiantes. Ellas son capaces de hacer un montón de cosas”, dice Nahuelcura.

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2017-08-16T16:41:35+00:00 agosto, 2017|Actualidad, Mejora docente|0 Comments

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