Es común escuchar que las palabras construyen realidad. Y parece ser ese el caso de algunas palabras que se han instalado por mucho tiempo en el ideario de nuestra sociedad. Un caso emblemático lo constituye la “Educación Superior”, referencia clásica de nuestro sistema educativo a lo que en gran parte del mundo se conoce como educación terciaria. Porque si existe una educación primaria, también una secundaría y una terciaria en el mundo, en nuestro país nos dio por llamarlas educación básica, media y superior. Y con ello construir una extraña jerarquización social de su importancia y relevancia en la vida, que ha inflado con bombos y platillos a la educación terciaria como la “Educación Superior”. Y así vemos como nuestra sociedad gasta en algunos casos más allá de la racionalidad en esta etapa educacional, o premia la obtención de un título en sobre medida, o como se da que en la sala de clases los estudiantes de educación media suelen decir “ahora me pongo las pilas, porque la media me influye en la Universidad”.
En su mayoría los Chilenos conocemos de los problemas que existen en nuestra llamada “Educación Superior”, muchos de ellos problemas muy grabes y muy complejos. Pero desconocemos el problema que genera considerar esta etapa como la superior y dejar de lado la importancia de otras etapas más fundamentales.
Así es el caso de la educación inicial, donde son muchos los estudios que muestran que ahí se juegan gran parte de las oportunidades por reducir las brechas socioeconómicas. Porque si con la educación terciaria muchas veces se aumentan las brechas, con la educación inicial se reducen. Es ahí donde se dan los mayores potenciales de desarrollo, donde las neuronas se entrelazan en miles de conexiones. Es en la etapa inicial, donde siendo bien invertidos los recursos, mayor impacto se tiene y donde existiendo un buen proceso educativo se pueden reducir las problemáticas socioeconómicas que acompañan la educación de los niños. Por eso la verdadera educación superior es la inicial.
Así que no tiene mucho sentido hacer grandes cambios a la educación superior sin priorizar antes la mejora de la educación inicial y básica. Y no en términos de acceso y cobertura, si no que especialmente en términos de calidad. Cuando vemos que hoy en Chile una educadora de párvulos gana al quinto año de ejercicio 450.000 pesos brutos, uno se pregunta ¿en qué valdrá la pena invertir más?
Nuestras Universidades que deberían proveer de conocimiento para el buen devenir de nuestro país, se han sobreestimado a sí misma pidiendo prioritariamente recursos, obviando que toda la evidencia muestra que en términos de reducir las brechas sociales y construir un mejor país, son los primeros años de educación los que hacen la mayor diferencia. Y así vemos como se ha copado la agenda educacional estos últimos días con la pedida para la educación universitaria, y puesto en ella foco central del aumento del presupuesto de educación.
Si de verdad queremos reducir las brechas con la educación, la etapa inicial y básica tienen que concentrar los mayores esfuerzos. Pero la buena educación inicial y básica es costosa y compleja. No consiste en guardar niños y preocuparse de que no hagan nada, sino que todo lo contrario. Es una etapa en la que se necesita una estimulación pedagógica estratégica y extremadamente profesional de los niños.
Esperamos que la prioridad del gasto en educación se concentre en estas áreas, en especial en generar las condiciones para que los docentes que lideran el cambio de realidad en las aulas tengan las condiciones para lograrlo. Obviar esto, y seguir poniendo los esfuerzos en la etapa universitaria, es no entender cuál es verdaderamente la educación superior.

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