Tras la vuelta a la democracia se han generado una serie de políticas públicas que han tenido a los docentes como foco, siempre bajo diferentes énfasis.
A inicios de la década de los 90’s éstas se enfocaron en la reivindicación de la profesión docente tras la pérdida de su valor social, proceso que -como en muchos países- comenzó con la extensión de la cobertura educativa, que exigió la habilitación y contratación masiva de profesores (aquí los conocimos como “profesores Marmicoc”). El punto alto de este periodo fue la creación del Estatuto Docente. Estas políticas marcaron lo que podríamos denominar como una primera ola.
Otra etapa de reformas docentes tuvo luego relación con políticas que, desde la desconfianza hacia la formación del docente, buscaron crear sistemas de evaluación, además de condicionar el aumento de remuneraciones en base a éstas. Acá la estrella fue el sistema de evaluaciones docente. Esa fue la segunda ola.
Finalmente, tras el estallido de la revolución pingüina el 2006, se convocó a un “Panel de Expertos” que, dentro de sus recomendaciones más importantes, estableció la necesidad de crear una carrera docente atractiva, que reconociera adecuadamente el rol de los profesores en el proceso educativo. A pesar de estas recomendaciones, recién el año 2016 se logró aprobar la ley que fue recomendada el año 2008, la cual actualmente logra incrementar un 30% en promedio las remuneraciones de los docentes, aumentar la proporción de horas no lectivas (horas de trabajo fuera del aula) e instalar a través de múltiples exigencias dos importantes principios: no cualquiera puede ser profesor y no cualquiera puede formar profesores. Esta carrera docente marca otra dimensión de reformas, que buscan promover la valoración social de la profesión docente, entendiéndola como factor crítico en el proceso pedagógico. Este hito es posible considerarlo como una tercera ola de reformas.
¿En qué debiéramos avanzar ahora como país?; ¿qué es lo que debemos exigir al nuevo gobierno en materia docente? Es hora de empoderar a los profesores en la sala de clases. Para ello, necesitamos restar burocracia al trabajo de las escuelas y permitir, así, que florezca la innovación pedagógica en los establecimientos, proceso del que nuestros docentes -con el apoyo y condiciones necesarias- deben ser protagonistas. Necesitamos rodear al profesor de directores de alto nivel, de líderes pedagógicos, para que tengan el apoyo necesario en esta tarea desde la cabeza del establecimiento. Esto es lo que debemos pedirle al próximo gobierno. Debemos exigirle no solo que ponga al docente en el centro de las reformas, sino que el sistema y los actores lo acompañen dentro de la sala de clase. Esa es la nueva ola.


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