Violeta decidió dar un giro y dejar la ciudad para dirigir una escuela rural ubicada en medio de los cerros que rodean el Aconcagua, cerca de Quillota, V región. Los invitamos a conocer su testimonio y cómo su escuela -que estuvo a punto de cerrar- es hoy parte del corazón de la comunidad y parte importante de su historia.
Soy Violeta Argel Ovando, profesora educación Básica y directora. Hace 5 años elegí cambiar mi lugar de trabajo desde Santiago a la localidad de Boco, en Quillota, V región. Mi escuela, “Cumbres de Boco” -antiguamente escuela F-172- es una escuela con 183 años de historia, ubicada en medio de los cerros que rodean el Aconcagua. A lo largo de sus años de funcionamiento esta escuela ha mantenido intactos sus pasillos y salas, donde se ha dado cobijo a cientos de niños y niñas, hoy varios de ellos con carreras profesionales, desempeñándose como ciudadanos destacados en sus cargos.
¿Cómo es nuestra escuela? No muy distinta en esencia a una escuela de la ciudad: nuestros niños y niñas llegan al colegio en un bus de acercamiento y aún tenemos nuestra querida campana, que nos acompaña recordándonos nuestros tiempos. Procuramos entregar día a día a nuestros niños niños y niñas un espacio lleno de amor, de mucho diálogo; y si bien actualmente muchos de nuestros estudiantes provienen de sectores urbanos, muchos de sus abuelos estudiaron en esta escuela, lo que genera entre ellos un gran sentido de pertenencia.
En el año 2010 nuestra escuela se vio enfrentada a la que fue, quizás, la prueba más dura hasta ese minuto; una difícil batalla que, estoy segura, deben librar cientos de escuelas rurales a lo largo del país: evitar su cierre debido a la baja matrícula que poseen. Esta experiencia sin duda marcó profundamente a la comunidad de Boco, que más unida que nunca defendió su escuela para que no dejara de funcionar y pudiera continuar siendo parte de la historia de la localidad.
Hoy nuestra escuela ha revivido de la mano de toda la comunidad, que cree firmemente en la necesidad de devolverle el lugar que merece. Cuando amenazaba el cierre, la matricula bordeaba los 90 estudiantes, y hoy, año 2015, gracias a la determinación de todos, la matricula se ha elevado a 170 alumnos aproximadamente, generando además un nivel de compromiso y participación inédito para la zona y para mí como docente. Hoy, el compromiso de todos ha sido optar por su escuela, y la han transformado en un espacio con verdadera mirada de futuro. Esto ha significado que nosotros, los maestros rurales, seamos parte activa de una comunidad, asumiendo con alegría y fundamentalmente con amor nuestro que hacer; retomando con fuerza no sólo la labor de enseñar, sino además, la de ser –muchas veces- mucho más que profesora, tal como ocurre en muchas escuelas de la ciudad.
Cada día que me desempeño como directora de esta escuela, y en especial al ver cómo logramos superar esa dificultad, reflexiono sobre cómo la escuela rural es capaz de recordarnos a diario, con lo cotidiano, que la educación es para las personas. Cada vez que nos encontramos en la mañana nosotros, los docentes, con el saludo de nuestros niños; cada vez que los llamamos por su nombre, cada vez que podemos ver en sus miradas si traen tristezas o alegrías. Mi experiencia en una escuela rural me ha permitido ver la vocación de todos los maestros que aquí trabajamos. Y es que un profesor que elige este camino se responsabiliza de sus estudiantes en todo ámbito.
Creo que la educación rural hoy tiene como desafío volver a cautivar a una sociedad que sólo se comprende desde la competencia. La escuela rural tiene ese gusto a hogar; gusto que una sociedad individualista lamentablemente no valora. La educación rural tiene como reto no desaparecer por el simple hecho de que la demanda económica así lo requiere. Y para eso toda nuestra sociedad, el país completo, debe comprender que nuestras escuelas rurales, presentes en cada rincón de nuestro país, son testimonio vivo de nuestra historia; historia que nos sustenta. En un presente tan acostumbrados a las cosas rápidas y pasajeras, estás escuelas guardan el encanto más puro de “ser comunidad”, ser un verdadero espacio de encuentro entre los ciudadanos.
La reforma educacional que hoy discute nuestro país nos motiva y nos da esperanza de que esto pueda ser potenciado, y que la inclusión y la calidad estén presentes en todas las aulas; en el campo y en la ciudad, sin importar los recursos de sus alumnos. Nuestra escuela “Cumbres de Boco” ha logrado avanzar hoy siendo una opción para todos los padres del sector, porque en ella encuentran calidad; esa calidad de ver a cada uno de sus estudiantes como personas. Y es que la diferencia entre una escuela y otra no debiera ser su poder adquisitivo; sino su proyecto educativo, el corazón de cada escuela. Y en eso las escuelas rurales tenemos mucho que decir.

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