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Columna: La verdadera educación superior

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Columna: La verdadera educación superior

Escrito por: Equipo Elige Educar

marzo 3, 2015

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Lee la última columna de nuestro Director Ejecutivo Hernán Hochschild, en Voces de La Tercera sobre “La verdadera educación superior”.

Sabemos que las palabras construyen realidad, y parece ser ese el caso de algunos conceptos que se han instalado por mucho tiempo en el ideario de nuestra sociedad. Un caso emblemático es la expresión “educación superior”, referencia clásica de nuestro sistema educativo a lo que en gran parte del mundo se conoce como educación terciaria. Porque existe una educación primaria, también una secundaría y una terciaria, pero en nuestro país nos dio por llamarlas “educación básica”, “media” y “superior”. Con esto hemos construido una extraña jerarquización social de su relevancia en nuestra vida y nuestro desarrollo, que ha inflado con bombos y platillos a la educación terciaria como la “educación superior”.

No resulta extraño, entonces, que premiemos en sobre medida la obtención de un título; o que sea común escuchar entre los estudiantes de enseñanza secundaria frases como “ahora me pongo las pilas, porque la media me influye en la universidad”. Tampoco es extraño ver cómo gastamos en algunos casos más allá de lo racional en esta etapa educacional. De hecho, en la educación terciaria hoy estamos gastando 2,7 veces más por alumnos que en la etapa escolar, mientras que, en promedio, el resto de los países OCDE gastan solo 1,1 veces más.

En su mayoría los chilenos conocemos los problemas que existen en nuestra llamada “educación superior”. Muchos de esos problemas son muy graves y complejos; muchos de ellos han afectado a algún familiar, a un amigo o a nosotros mismos. Sin embargo, solemos desconocer las implicancias de considerar esta etapa como “superior”, minimizando la importancia y urgencia de los problemas que aquejan a las otras etapas, que son mucho más clave y fundamentales.

Este es el caso de la educación inicial, donde son muchos los estudios que demuestran que en ella se juegan gran parte de las oportunidades para reducir las diferencias socioeconómicas, y aun así la mal llamamos educación “pre” escolar, desconociendo su importancia propia, valorándola sólo en virtud de la etapa posterior, como si se tratara de un mero “apresto” para lo que viene. Es ahí donde se dan los mayores potenciales de desarrollo, donde las neuronas se entrelazan en miles de conexiones. Es en la etapa inicial donde siendo bien invertidos los recursos, mayor impacto se tiene, y donde existiendo un buen proceso educativo se pueden reducir las problemáticas sociales. Por eso la verdadera educación superior es la educación inicial.

Si entendemos como sociedad esto, si cambiamos la mirada respecto a estas etapas del desarrollo y su verdadera trascendencia, veremos cómo el hacer grandes cambios a la educación superior sin priorizar antes la mejora de la educación inicial y básica va perdiendo sentido, permitiéndonos priorizar a la hora de decidir por qué mejoras partimos y –más importante aún- cuántos recursos les destinamos. Y no para realizar mejoras en términos de acceso y cobertura, sino que especialmente en términos de calidad.

Si bien las universidades son instituciones que deberían proveer de conocimientos para el buen devenir de nuestro país, las hemos sobreestimado otorgándole cuantiosos recursos, obviando que toda la evidencia muestra que en términos de reducir las diferencias sociales y construir un mejor país, son los primeros años de educación los que hacen la mayor diferencia.

Y así vemos cómo la “educación superior”, los recursos que ésta necesita, o la implementación de su gratuidad amenazan lentamente con tomarse la agenda educacional 2015.

Cuando vemos que hoy en Chile los educadores y educadora de párvulos -aquellos profesionales que tiene en sus manos la etapa más crucial del desarrollo de los aprendizajes en nuestros niños- ganan al quinto año de ejercicio $450.000 pesos brutos (la carrera peor pagada de todas según mifuturo.cl), no contando muchas veces con las condiciones para desarrollar bien su trabajo, uno se pregunta: ¿en qué valdrá la pena invertir más? Si de verdad queremos una educación que nos permita reducir diferencias, la etapa inicial y básica tienen que concentrar los mayores esfuerzos. Pero los cambios para lograr una buena educación en estos niveles son costosos y complejos, por tratarse de etapas en las que se necesita una estimulación pedagógica estratégica y extremadamente profesional de los niños. ¿Estamos dispuestos a asumir ese costo y avanzar en serio en esa dirección?

Valoramos que para este 2015 -según han manifestado nuestras autoridades- las etapas inicial y escolar vayan a ser prioridad a través del fortalecimiento de la educación pública y especialmente a través de la nueva Política Nacional Docente. Con ellas esperamos se generarán las condiciones para que los maestros que lideran el cambio de realidad en las aulas, especialmente en las más vulnerables, tengan las condiciones y herramientas para lograrlo. Ceder ante diversas presiones y obviar la relevancia de estas etapas -en particular de la inicial- poniendo los esfuerzos en la etapa universitaria, sería no entender cuál es verdaderamente la educación superior.

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