Los desastres se puede definir como acontecimientos inesperados que inducen el estrés. Por ejemplo, terremotos, huracanes, tiroteos masivos o incluso incendios y robos. Es común que los niños que se han enfrentado a desastres de esta naturaleza sufran efectos traumáticos difíciles de olvidar, lo que afecta no sólo su cotidianidad, sino también su forma de aprender. ¿Por qué? Según se explica en NAEYC, la confianza y la seguridad son la estructura de un sano desarrollo. Para aprender y explorar el mundo, los niños necesitan espacios seguros y relaciones saludables. Además necesitan saber que esto permanecerá así, sin cambios mayores. Las familias y las escuelas trabajan a diario por enviar ese mensaje de seguridad a los niños, por eso, cuando algo rompe esta estabilidad, los efectos pueden ser muy perjudiciales.
Ahora bien, los niños responden al trauma de maneras diferentes.
La respuesta de los niños refleja, por ejemplo, la forma como los padres responden a estas situaciones, así que es probable que un niño sea más resiliente si tienes padres que enfrentan la situación de la forma más positiva posible. Pero aunque estos factores pueden variar, hay reacciones que sí son muy comunes en los niños después de un desastre. La ansiedad, el estrés o la depresión son algunas de éstas. Algunos niños muestran síntomas inmediatos, otros, en cambio, reaccionan días, semanas e incluso meses después del incidente. Es importante, por esta razón, observar los síntomas del trauma a diario, pues este es el primer paso para hacer frente al problema.
Después de un desastre, hay personas que cumplen un rol esencial en la recuperación de los niños: los profesores.
Además de identificar las emociones y el estado de los niños, es importante que los docentes diseñen un plan de recuperación que incluya 100% a las familias. Esto significa, por ejemplo, hacer informes diarios a los padres acerca de los avances de sus hijos o permitir que los niños se queden con sus padres un tiempo extra antes y después de clases. Es importante también compartir con las familias los síntomas que se están identificando como signos físicos de estrés internalizado, como calambres estomacales o dolores de cabeza.
Informar a las familias todas las posibilidades de un trauma también es clave… Ellos deben saber, por ejemplo, que la mayoría de los niños se puede recuperar, pero también hay otros niños que sufren efectos persistentes y requieren otro tipo de asesoramiento profesional.
Los niños que no están directamente expuestos a un desastre también pueden sentir ansiedad y estrés, especialmente si las noticias y las conversaciones de los adultos que los rodean se centran en estos temas. Es importante entonces, que los profesores expliquen a los padres la importancia de limitar la exposición de los niños a noticias, televisión o recordatorios constantes de un desastre. Este es el primero paso para sanar.
Trauma vicario
Para poder apoyar a los niños también es importante el autocuidado. Los profesores también pueden lidiar con la ansiedad y la depresión. Además, manejar la situación de los niños y las familias puede ser muy estresante. En NAEYC aseguran que los profesores podrían enfrentarse al trauma vicario, es decir, el trauma secundario que surge de lidiar con el dolor o la angustia de otros. Rabia, dolor de cabeza o el deseo de evitar algunas personas o situaciones, son algunos de los síntomas.
Frente a esta situación lo más clave es no olvidarse, no aislarse y conectarse con otros colegas. La danza, la música, los amigos y el ejercicio también pueden ser elementos claves en ese proceso. Para poder ayudar a tus niños, primero tienes que ayudarte a ti mismo.

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