Mucho se ha estigmatizado a los cementerios. Quizás porque son espacios, que por obvias razones, suscitan grandes reflexiones con respecto a la transitoria existencia humana, sin embargo, estos enigmáticos lugares representan mucho más que la muerte. A través de los siglos, los cementerios se han constituído como el reflejo de la vida y son, de alguna manera, el retrato de muchas historias que constituyen una sola: la de una comunidad. Son las tumbas, los mausoleos y los epitafios, las huellas de ese pasado que seguimos conociendo y estudiando de generación en generación. Esto convierte a los cementerios, en una herramienta pedagógica -a veces olvidada- perfecta para volver al pasado. Dicho esto, sería un “crimen” no visitar con tus estudiantes el Cementerio General, el más grande y antiguo de Chile y también uno de los más grandes del Cono Sur.
El Cementerio General concentra más de dos millones de fallecidos, lo que equivale a casi el tercio de la actual población viva del país. Además de tener grandes e importantes personajes de la historia chilena que descansan allí, el lugar, fundado en 1821, está lleno de datos pertinentes para entender no sólo la historia del país y la ciudad, sino también la configuración de la sociedad actual.
El barrio aledaño
En el siglo XIX, las grandes epidemias se llevaban a la gente lejos de este mundo y muchos, como el cronista Julio Vicuña, comentaban justamente, la importancia de tener “a la mano” los hospitales y los cementerios. No por nada, el Cementerio General está rodeado de hospitales como el José Joaquín Aguirre, el Roberto del Río, el Instituto Nacional de Cáncer y el Instituto Médico Legal; escuelas de medicina como la de la Universidad de Chile y manicomios como el Hospital Psiquiátrico, inaugurado en 1821, bautizado originalmente como Casa de Orates de Nuestra Señora de los Ángeles y comúnmente conocida como Casa de Locos. Por La Casa de Orates, pasaron alguna vez personajes como: Carmen Alessandri, (hermana de Arturo Alessandri, quien sería presidente más adelante) por querer divorciarse de su marido, que según dicen, era un diputado nazi chileno; y Salvador Allende, quien no estuvo allí en calidad de paciente, sino haciendo su práctica como médico internista.
El antes de que existiera
Antes de que existiera el Cementerio General, los muertos se sepultaban en distintos lugares de la ciudad. Los más ricos se enterraban en las iglesias, en cambio, cuando el difunto no tenía recursos, terminaba enterrado en pequeños y precarios camposantos informales, donde se mezclaban con escombros y desperdicios. Específicamente al lado de la Plaza de Armas, en un cementerio llamado La Caridad, iban a parar los que morían ahorcados. En las escaleras de la Catedral terminaban los cuerpos no reclamados para que la gente los reconociera. Otro lugar donde se enterraban muchos cuerpos era la Casa de Huérfanos, una lúgubre institución fundada en 1758 donde eran pocos los niños que sobrevivían. Según cuentan, hubo un periodo allí en el que la tasa de mortalidad de los internos superó el 80%.
Alejar a los cadáveres de los vivos
Científicamente se aconsejaba alejar a los cuerpos de la vida cotidiana y en ese entonces para lograr este objetivo fue necesarios crear una verdadera ciudad para muertos: el Cementerio. Por esta razón, el lugar tiene calles, plazas, avenidas y barrios que tal como sucede en la ciudad, son el reflejo de las brechas sociales. En algunos rincones hay barrios opulentos con mansiones (impresionantes mausoleos) y en otros, villas y poblaciones. El 9 de diciembre de 1821, Bernardo O’Higgins inauguró el cementerio y el hecho se celebró muy bien celebrado pues la apertura del camposanto, para esa época, era sinónimo de progreso e higiene. Ese día, el pueblo llegó en masa, extendieron mantas y gozaron de un picnic improvisado. A la medianoche del siguiente día llegaron los primero muertos desde el hospital. Al no tener recursos no tuvieron funeral y fueron lanzados directamente a una fosa común. La primera persona después de esto en ser enterrada luego de una ceremonia fúnebre, fue una monja llamada Ventura Fariña.
El cementerio existe gracias a los helados
En aquella época, los helados (sí, los helados) eran un bien preciado. Los refrigeradores no existían y el hielo se tenía que bajar desde la cordillera en el lomo de los burros. Esto convertía al helado en un verdadero lujo. Cada semana llegaban a la ciudad solo dos barriles de hielo y los miembros del Cabildo, recibían de forma gratuita, una ración de nieve para prepararse helados de canela en sus casas. Sin embargo, no había plata para la construcción del cementerio, entonces O’Higgins tuvo una idea, quitarle a los miembros del Cabildo su ración de nieve y ceder ésta a la administración de la necrópolis quien la vendía a un par de cafés. Palabras más, palabras menos, la existencia del cementerio se la debemos a la venta de helados.
Los notables
Bernardo O’Higgins pensó en el panteón como un lugar para enterrar a los héroes y las personas notables de la patria. Aunque actualmente hay muchas otras personas, el deseo de O’Higgins se hizo realidad pues también están enterrados allí casi todos los gobernantes que ha tenido Chile desde su independencia, el 18 de septiembre de 1810. Paradójicamente O’Higgins es uno de los pocos que no se encuentran allí pues fue trasladado a una cripta en la Alameda. El cuerpo del cantante Víctor Jara, la cantante Violeta Parra, el vocalista de los Jaivas, Eduardo Gato Alquinta y Salvador Allende son algunos de los difuntos más reconocidos y más visitados por los extranjeros. También se encuentra la tumba de un personaje conocido como “La Novia”, una niña de 14 años que según cuenta, murió el día de su boda en el altar y fue embalsamada. Aunque en realidad no era una novia (solo una niña vestida con su vestido de la primera comunión), las colegialas se acercan a ella para dejarle cartas pidiendo consejos en temas del corazón.
El patio del Cólera
Existe en esta gran ciudad de los muertos un rincón donde yacen los 40.000 muertos de la epidemia de cólera que sacudió a Chile en el año 1887. La enfermedad había surgido un par de años en Egipto y luego llegó a Buenos Aires. El gobierno decretó un “cordón sanitario” y cerró la frontera, pero ya era demasiado tarde. La enfermedad llegó a Chile y se expandió rápidamente por el precario sistema de alcantarillado de la ciudad que se limitaba a una simple zanja o canal por donde pasaban, prácticamente flotando, los excrementos de toda la vecindad.
El Patio 29
Además de los helados, los famosos y la cólera, entre muchos otros detalles, el Cementerio General cuenta con el Patio 29, un lugar donde fueron enterradas de forma anónima muchas víctimas de las violaciones de los derechos humanos cometidas por la dictadura militar después del golpe el 11 de septiembre de 1973. Por ese entonces, la morgue comenzó a llenarse de cadáveres sin nombre, muchos de los cuales aparecían abandonados en el río Mapocho. La autoridades aceleraron las inhumaciones y evitaron informar a los parientes de las víctimas. Por esta razón, en un principio, en las cruces solo se leía la fecha del entierro y la sigla N.N (sin nombre, non nomini en latín). Después de la dictadura, se dio inicio al proceso de identificación de las víctimas, algunas de las cuales se entregaron a sus respectivos familiares.
Estos son sólo 7 datos, 7 historias que hablan del pasado, pero, entre más de dos millones de cuerpos ¿cuántos rincones y hechos pueden renacer en esta ciudad de vidas apagadas?, ¿cuántas cosas podemos aprender de aquellos que ya se fueron? Seguramente millones de cosas que podrán cambiar la forma cómo se acercan los más jóvenes a la historia de un pasado ya muy lejano para ellos.

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Muy buen reportaje. Muchas gracias.