Muchas ceremonias de fin de año se han vuelto un proceso largo y tedioso, por el alto número de galardones que se entregan. Si bien es importante destacar los logros, en ocasiones, en la cotidianidad del colegio se olvida enfatizar los valores que después se recompensan, haciendo que pierdan sentido.
Sofía calcula que durante su ceremonia de graduación se entregaron más de 20 premios. Lo estima en base a lo largo que se le hizo el evento: antes de recibir su diploma de egreso, la joven de 18 años debió escuchar las palabras del rector, las de una profesora y las de dos compañeros seleccionados para representar a su generación.
Entonces vinieron los reconocimientos a los alumnos con los promedios más altos, los mejores según cada materia -un premio para cada uno de los ramos que cursaron los estudiantes de 4° medio-, los galardones de mejor amigo y las medallas para la persona con mayor espíritu social.
“También se incluyeron premios de deportes y unos que tenían que ver con representar los valores del colegio. Como esos eran varios más, no los supe distinguir muy bien“, cuenta Sofía, quien la primera semana de diciembre se tituló de un colegio privado del sector oriente de Santiago. Se fue sin galardones.
“Más tarde comentábamos con mis hermanos que quizás hubiera sido bueno juntar los premios parecidos en uno solo, así no había necesidad de alargar. En un minuto uno de ellos se aburrió, se fue a comprar una bebida y casi no me ve cuando subí al escenario a buscar el diploma, que era lo principal de ese día”, agrega.
Lo largos que se han vuelto los actos de fin de año no es una queja única de Sofía. En las últimas semanas, son varias las familias que le han comentado lo mismo a Malva Villalón, académica de la Universidad Católica y doctora en Psicología Evolutiva y de la Educación. “Muchos papás me han dicho que había premios para todos los niños; que les parecía que en cierta forma estos dejaban de ser un reconocimiento al mejor”, plantea.
Bajo la teoría de esta especialista, por muchos años los colegios dieron la idea de ser un lugar donde lo primordial era el desempeño académico. Pero de un minuto a otro -y con la idea de promover la autoestima-, los establecimientos empezaron a premiar a los alumnos más allá de sus notas. “Esto, sin que a principios de año se les avisara a los papás que había nuevas cosas que querían intencionar dentro de su formación. Entonces se produjo un choque”.
Villalón lo ejemplifica con el caso de un niño que está en conversaciones para dejar el colegio donde estudia, porque no ha logrado alcanzar el nivel académico de sus compañeros. “Ese niño terminó ganándose un premio a la creatividad en actividades recreativas; un premio que, básicamente, dice que lo pasa bien en el recreo. Pero en paralelo lo han tenido todo el año contra la pared, viendo si se va o no”, advierte la psicóloga.
Para no jugar con las expectativas de los alumnos, la especialista cree que es importante que el colegio explicite desde un principio sus valores, que explique cuáles son las cosas que va a destacar y aquellas a las que va a prestar más atención. “Los premios tendrían que tener que ver con lo que queremos lograr todo el año, no solo en las sesiones finales. Falta coherencia”.
Con ella concuerda María Paz Gómez, psicóloga y académica de la Facultad de Educación de la Universidad de los Andes. “Muchas veces pasa que estas ceremonias de fin de año se hacen para complacer a los padres, que quieren ver a sus hijos premiados. Y en realidad, esto debería ser una actividad más interna, de reconocimiento entre pares”.
Para no cargar con la presión de no ser expuestos como alumnos destacados ante papás, tíos y abuelos, su idea es la de fomentar pequeñas ceremonias repartidas a lo largo del año, donde los participantes sean los profesores junto a miembros de un solo curso o nivel.
“Está bien reconocer públicamente las habilidades. Se ha visto que hacerlo en comunidades pequeñas puede ser muy rico, incluso más que en ceremonias grandes. En estos actos más íntimos está la gente que te sigue en el año. Incluso, es bueno que de repente los mismos compañeros voten, digan quiénes creen que deben ser los niños premiados”.
Fomentando estas ceremonias pequeñas y no necesariamente centradas en el rendimiento académico, es más probable que todos en algún minuto reciban felicitaciones por sus avances. Quienes no suelen ser reconocidos pueden escuchar los comentarios que hacen resaltar al resto de sus compañeros, algo que es menos probable que ocurra en ceremonias más grandes y estructuradas.
Cómo lidiar con las expectativas y desilusiones de los niños que desatan los premios escolares, El Mercurio, Margherita Cordano.
