El pasado 11 de abril les compartimos la historia de la profesora Clementina Maureira, parte del grupo de profesores normalistas que hoy sigue estando presente en nuestras aulas. Su historia formó parte de un artículo publicado por el Diario El Sur de Concepción, sobre las últimas generaciones de normalistas del país.
En nuestras ganas de continuar relevando el aporte actual de estos profesores -no sólo como maestros, sino también como testigos y protagonistas privilegiados de nuestra historia educativa- les compartimos un segundo testimonio extraído de dicha nota de prensa. Esta vez se trata de la historia de un profesor, Óscar San Martín, quien compartió su experiencia:
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Los profesores normalistas dejan una valiosa huella
por Carlos Oyarce, en Diario El Sur, 3 de abril de 2016.
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Óscar San Martín:
De Tumbes al Internado Normal en Chillán
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Óscar San Martín (66 años), actual profesor orientador del Colegio Gran Bretaña de Concepción, está a un año de jubilar. Postuló al bono de retiro. Aunque le habría gustado continuar hasta los 70 años. Ha realizado varios cursos y postítulos, pero su base pedagógica formativa, según afirma, con orgullo, la logró en la Escuela Normal de Chillán, donde entró prácticamente de niño y egresó en 1968. Hoy reconoce virtudes en ese sistema de formación docente.
A las escuelas normales tradicionales, explica San Martín, se ingresaba después de cursar sexto de primaria. Allí se seguía la educación secundaria, de 1º a 6º de humanidades, lo equivalente hoy al periodo de 7º básico a IV medio. Las normales cerraron definitivamente en 1974.
El actual presidente del Comunal Concepción del Colegio de Profesores vivía en calle Tumbes, en Talcahuano, y era hijo de un pescador. Lo habitual era que los niños siguieran la huella del padre, pero en su caso había otras aspiraciones. Tenía un primo profesor que lo entusiasmó a seguir su camino. El incentivo era que se trataba de una profesión que tenía reconocimiento social y podría jubilar después de 30 años de trabajo. “Los profesores eran respetados y se integraban muy bien a la comunidad, que los escuchaba”, recuerda. Así que lo llevaron a Chillán, donde quedó en la reconocida Escuela Normal, en régimen de internado. Por esta última condición se crearon fuertes lazos entre compañeros, que se extienden hasta ahora. Se reconocían entonces como una familia, casi como hermanos.
Los primeros dos años eran de conocimientos generales, pero desde el tercer año ya entraban de lleno a los ramos de la carrera pedagógica. Aún conserva su cuaderno de “Didáctica” y un caballito de terciopelo con el cual se sacó un 7. Éste último correspondió a los trabajos en el taller de carpintería, pero lo fuerte eras las diversas labores agrícolas. Ya en tercer año comenzaban a presenciar clases en la Escuela Anexa a la Normal y a ayudar en reforzamiento de castellano y matemáticas a los escolares. “Teníamos asignado, cada uno, grupos de 10 alumnos, para apoyarlos”. Luego vendría la práctica en la propia Escuela Anexa. Al egresar debían cumplir mínimo tres años de trabajo como profesores en alguna escuela rural. “Se postulaba al trabajo y el Estado asignaba el lugar”.
A los 18 años de edad, le tocó la Escuela 4 de Choihue Alto, un fundo en Yumbel. Recuerda que había 35 alumnos. A él le tocó hacer clases de 1º a 3º. En tanto el director enseñaba de 4º a 6º, en la otra sala. La experiencia allí lo marcó a fuego. Los niños y niñas caminaban largas distancias para llegar a la escuela, usaban ojotas y algunos iban descalzos. “Cómo no acordarse de los versos de Gabriela Mistral”. Eran niños y padres respetuosos, generosos y colaboradores. El docente se levantaba muy temprano para esperar a los pequeños con leche caliente y las duras galletas que disponía el Estado. Él vivía solo en la escuela y el director, un hombre mayor recién casado con una joven, residía a un par de cuadras, pero no lo invitaba. Así que a veces salía muy lejos a conversar con los profesores de otra escuela rural. En el camino no faltaba el agüita con harina de algún apoderado.
Allí descubrió que la historia se aprendía mejor con teatro. Así que por las tardes le hacía trajes a los niños y luego representaban la obra, como por ejemplo la vida del guerrillero Manuel Rodríguez.
Después siguió el mundo de la ciudad, las capacitaciones, la dirigencia gremial. Otro mundo. “Los niños y los padres de ahora son muy distintos. Cuesta más enseñar ahora”, reconoce.
Respecto a la nueva carrera docente, dice que “se dio uno, de diez necesario pasos”.

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