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Cómo la música está transformando la vida de cientos de estudiantes en la Araucanía

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Cómo la música está transformando la vida de cientos de estudiantes en la Araucanía

Escrito por: Equipo Elige Educar

abril 6, 2016

El domingo 03 de abril, el cuerpo de Reportajes del diario El Mercurio publicó una nota muy interesante sobre cómo un grupo de músicos expertos en la ejecución de ciertos instrumentos están transformando las vidas de cientos de estudiantes en la zona de conflicto de la Región de la Araucanía.

Se trata de la iniciativa de la Fundación Papageno, que a través de lecciones que incluyen el canto, la música y la construcción de sus propios instrumentos -y apoyados por reconocidos artistas nacionales- está logrando que niños y niñas de 49 comunidades educativas de esta región puedan no sólo abstraerse de las situaciones de violencia que afectan a su entorno, sino además desarrollar habilidades que -apuestan- serán en años futuros “un aporte a la paz y el entendimiento”.

A continuación los invitamos a leer en detalle esta noticia , que da cuenta de la función transformadora de la educación y del arte, en donde toda una comunidad trabaja por la paz desde los más pequeños y a través de la música ¡Comparte!
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Escuela enseña música a niños mapuches en plena “zona roja” de La Araucanía

Domingo, 03 de abril de 2016

Por Marcelo Pinto E. – Reportajes El Mercurio
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Impulsores del proyecto, en el que participa el grupo Los Jaivas, ven la iniciativa como un aporte a la paz y el entendimiento en esa región. La entidad, liderada por el ex barítono Christian Boesch, iniciará una campaña para sumar socios y conseguir nuevos aportes.
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Terminaron el violín la semana pasada. Lo fabricaron tres jóvenes mapuches. Todos ellos, alumnos de la Escuela de Música Papageno, que enseña gratuitamente canto y ejecución instrumental a 880 niños, casi todos indígenas, en la zona de La Araucanía.

Los tres aprendices de luthiers confeccionaron el violín con la ayuda de una especialista austríaca. Pero la idea es que en el futuro ellos y otros estudiantes lo hagan por sí solos: “¡Suena perfecto!”, dice sobre el instrumento Christian Boesch, creador y director de la Fundación Papageno, cuya sede está ubicada en Villarrica.

Boesch (75), austríaco y ex barítono de renombre internacional, se radicó en Chile tras retirarse de los escenarios. Y concibió la idea de abrir una escuela musical, sin fines de lucro, al notar que en el sur la oferta en ese plano era nula.
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Dos clases por semana

La confección del violín por parte de los tres jóvenes mapuches constituye una nueva veta en el trabajo que lleva adelante Papageno, desde 2010, en pequeñas escuelas rurales, donde “el noventa y nueve por ciento” del alumnado es indígena, como detalla el ex cantante lírico.

Muchos de esos establecimientos son unidocentes. Es decir, tienen solo un profesor que dicta clases a niños de entre 6 y 12 años, en promedio.

Salvo algunos planteles en la comuna de Valdivia, la totalidad de los colegios se ubica en la Región de La Araucanía. Puntualmente, en Temuco, Cunco, Melipeuco, Collipulli, Pitrufquén y Ercilla.

Esta última comuna se encuentra en la “zona roja” de la IX Región. De hecho, en años recientes ha concentrado la mayor cantidad de atentados y actos de violencia ligados al conflicto mapuche.

La Fundación Papageno trabaja hoy con 49 escuelas. Cuyos alumnos reciben lecciones de canto y música, dos veces a la semana, por parte de “profesores especializados”, como subraya Boesch.

Para llegar a los colegios, los maestros hacen largos viajes. Porque varios de los planteles se emplazan en zonas apartadas y con caminos en mal estado. Donde la mayor parte de las veces circulan casi exclusivamente carretas tiradas por bueyes.
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Esperan ansiosos a los profesores

El ex barítono -que durante su carrera se presentó en escenarios como la Scala de Milán, el Metropolitan de Nueva York y el Festival de Salzburgo- cuenta que los pequeños esperan con ansias la llegada de los profesores de Papageno.

Y que suelen entristecerse cuando las lecciones acaban. Porque, dice, la música les muestra un “mundo nuevo”. Distinto de su realidad cotidiana, marcada por el aislamiento, así como por carencias culturales y materiales. Al punto que los hogares de algunos de ellos tienen aún piso de tierra.

Son menores que a veces ni siquiera conocen las ciudades de su propia región. “Que nunca habían visto un chelo. Es una realidad que nadie imagina en Santiago”, plantea él.
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Con los zapatos en una mano y un instrumento en la otra

En los colegios a veces no hay siquiera electricidad o internet. Allá los pequeños llegan a pie. Con su instrumento musical en una mano y, en ocasiones, con los zapatos en la otra para evitar que se estropeen. Porque son “el” par del año o porque deben “heredarlos” a sus hermanos menores, como grafica Mario Mutis, bajista y vocalista de Los Jaivas, cuya banda tiene un convenio con Papageno (ver relacionado).

Con las parejas de profesores que forman el equipo de Boesch (al menos uno siempre es mapuche), los niños aprenden instrumentos folclóricos y clásicos. Desde zampoñas y acordeones, hasta violines y clarinetes.

Las clases no se desarrollan bajo la lógica de un taller o un electivo. Son obligatorias y forman parte de la malla curricular de los niños, quienes, aparte de practicar con las partituras, tienen el deber de limpiar y cuidar los instrumentos entregados por Papageno.

De las 49 escuelas que atienden actualmente, el ex barítono quiere llegar a 300. “Salto” que, además de un mayor número de profesores, implicará más gasto.

Papageno, que toma su nombre del personaje de la ópera La flauta mágica (Mozart), se sostiene actualmente con aportes de fundaciones y empresarios ligados a la zona.

Hoy, la institución creada por Boesch necesita medio millón de dólares al año para funcionar. Cifra que debería sextuplicarse, o sea llegar a los US$ 3 millones, si la cobertura crece a 300 planteles.

Los nuevos recursos permitirían también a la fundación mantener otras iniciativas, como un sistema de becas para estudiantes universitarios de música, y un diplomado en didáctica de esa disciplina que imparte desde hace poco. Y que ya cuenta con 16 egresados: una cuarta parte de ellos, mapuches.
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Reparar un violín cuesta casi $90 mil

Con los fondos buscan, además, crear una escuela rural artística en Huitag, comuna de Panguipulli. Proyecto que cuenta con el apoyo de las comunidades indígenas locales.

Para hacer realidad esos planes, la institución iniciará mañana una campaña, cuyo principal propósito es sumar benefactores en los estratos medios.

La idea es conseguir socios que se comprometan a entregar una suma mensual, al menos por un año. Cantidad que puede ir desde los mil pesos hacia arriba.

Los detalles de la campaña estarán disponibles en las páginas web de la Escuela Musical Papageno y de la Fundación Cultural Los Jaivas. Allí se explicitará para qué “alcanzan” los distintos tramos de aportes que podrán entregar los socios.

Los costos asociados a la enseñanza musical son altos. Un atril vale más de $12 mil. Una reparación avanzada de violín, $87 mil. Comprar un violonchelo para un alumno, $415.000…

Una vez que partan las donaciones, por la misma vía se rendirá cuenta sobre los fondos recibidos. Para que se sepa en qué se ha invertido el dinero.

La alianza con los Jaivas se vislumbra clave en la campaña venidera. Principalmente por la fuerte presencia que la banda tiene en las redes sociales (120 millones de viralizaciones en 2015), así como por la afición transversal que suscita entre los chilenos de todas las generaciones.

En el entorno de la banda citan una encuesta de Cadem, de septiembre de 2015, que situó a Los Jaivas como el grupo musical más importante del país, con menciones en torno al 30%.
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Ex alumnos ahora son músicos

Al extender la cobertura de Papageno, se pretende consolidar el trabajo realizado hasta ahora. Pero también proyectarlo más allá de la figura de Boesch: “Porque este gringo tonto y loco ya tiene 75 años”, advierte él mismo. “Tonto, no; loco, sí”, le corrige con humor Mutis.

Sin contar a los 880 alumnos que tienen hoy, unos mil niños han estudiado música con Boesch y su equipo. A algunos les han perdido la pista. De otros, en cambio, saben que siguieron el camino de la música.

Uno de ellos es precisamente José Otaiza, uno de los tres jóvenes que acaban de fabricar el violín. El mismo que, de adolescente, cuando partió con sus clases, debía apoyar su saxofón sobre una pila de libros, porque no podía mantenerlo en el aire.

Su vínculo con la fundación es incluso afectivo. Como lo demuestra una frase habitual de Otaiza: “Papageno es mi familia”.

Otros ex alumnos -Brian, Diego, Antonio… los nombres se agolpan en la memoria de Boesch- están actualmente en la universidad, becados por la Escuela Papageno, y se preparan para volver al proyecto: ahora como profesores.

Casos como estos animan al ex barítono y a Mario Mutis. Pues demuestran, a su juicio, que la iniciativa está funcionando. Y bien.
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Apoyar a los niños antes de que se “contaminen”

Les motiva especialmente trabajar con niños. “Espíritus limpios”, como los define Boesch. A quienes, opina, se debe apoyar antes de que se “contaminen”.

Apunta de esa manera al clima enrarecido de La Araucanía, zona que desde hace casi 20 años sufre el embate de la violencia.

La Escuela Papageno y su proyecto “nada tienen que ver” con la política ni con ese conflicto, aclaran Boesch y Mutis. Sin embargo, los dos creen que ese trabajo puede contribuir en alguna medida a la paz y al entendimiento en la región. “Absolutamente”, remacha el integrante de Los Jaivas.

Se refieren a que, al estudiar música, los niños desarrollan su potencial artístico. Pero principalmente a que cuando cantan y tocan un instrumento, se convierten en personas más “felices”. Y que, de adultas, serán más “tolerantes”.

Mutis está convencido de que el aporte del proyecto es doble: enriquecer la enseñanza de los alumnos y ayudar a su plena integración.
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Temucuicui: le aconsejaron no ir, pero lo recibieron bien

La contribución de la que hablan, cuenta Boesch, se “palpa” en el trabajo cotidiano que hacen en las escuelas de la “zona roja”, como las ubicadas en Collipulli y Ercilla, donde tienen presencia en un total de ocho planteles.

Una está en Temucuicui (Ercilla), sitio en el que la iniciativa opera desde hace ya dos años. Él ha ido dos veces hacia allá. A pesar de que algunos se lo desaconsejaron en su momento, esgrimiendo razones de seguridad.

“No creí que molestaran a alguien que enseña a tocar instrumentos a los niños”, pensó antes de entrar por primera vez a esa comunidad. Y no se equivocó.

Las familias de los “papagenitos” -como llaman a los alumnos- lo recibieron amablemente en esa comunidad. Ninguno aludió a su condición de extranjero ni lo motejaron de “huinca”. En cambio, lo felicitaron por el trabajo que hace con los pequeños. “Es que la música no es parte del conflicto”, reflexiona el bajista de Los Jaivas.
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La emoción de los comuneros en las presentaciones

Años atrás, cuando recién llegó a Chile, a Boesch le escribieron alguna vez “ándate gringo” sobre el polvillo de su auto. Ahora es distinto. Porque, cree, los indígenas se dieron cuenta de que sus intenciones son buenas. Y que no busca beneficios para sí.

La gratitud de los comuneros, revela el ex barítono, se percibe especialmente durante las presentaciones. Cuando los padres ven a sus hijos tocando un instrumento en un escenario y se emocionan. A veces hasta las lágrimas.
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2016-09-24T19:38:49+00:00 abril, 2016|Noticias|Comentarios desactivados en Cómo la música está transformando la vida de cientos de estudiantes en la Araucanía