No obstante los avances de nuestro país en los últimos años, no cabe duda de que todavía persisten ciertos estereotipos y sesgos de género en nuestra sociedad, lo que muchas veces se traduce en inequidades y arbitrariedades que permean las salas de clase, afectando los aprendizajes de niños y niñas. A pesar de que hombres y mujeres poseemos las mismas habilidades y potencialidades en disciplinas tanto científicas como humanistas, pareciera persistir la creencia de que “ellos” son mejores para las matemáticas y las ciencias, y “ellas” para habilidades verbales o lingüísticas.
Según la OECD (2015), Chile muestra una de las brechas más amplias en este aspecto en comparación con los otros países participantes en la prueba PISA, lo que da cuenta de una realidad preocupante, necesaria de abordar con urgencia. En este desafío, nuestras escuelas y profesores son pieza clave, y muchos se han propuesto ponerse manos a la obra para revertir esta situación.
Juan Luis Cordero, psicólogo educacional e investigador de Elige Educar nos compartió cinco características que ha conocido en escuelas que hoy, junto a sus profesores, están trabajando por ofrecer iguales oportunidades de aprendizaje a niños y niñas:x
1. Capacitan a los docentes para que sean conscientes de los prejuicios y estereotipos que manejan y sepan regularlos a la hora de enseñar:
La evidencia es bastante contundente en señalar cómo las creencias, estereotipos y expectativas que poseen los docentes no sólo impactan los aprendizajes de los estudiantes, sino que también moldean las expectativas que tienen los estudiantes sobre sí mismos. Por lo mismo, las escuelas que buscan terminar con las brechas buscan conocer qué es lo que piensan y esperan los docentes de sus alumnos y cursos para luego, a partir de esa evidencia, trabajar en conjunto la construcción de una visión común y expectativas sobre el aprendizaje que apunten en la misma dirección. Especial sensibilidad hay frente a prejuicios negativos y arbitrarios que recaigan sobre el sexo femenino, los que se buscan transformar a la luz de la evidencia que indica que no existen diferencias innatas entre hombres y mujeres respecto a sus capacidades cognitivas. Parte importante de esta capacitación es, por ejemplo, respecto al uso del lenguaje, pues este impacta en la configuración y reforzamiento de creencias y prejuicios al interior de la comunidad educativa. Como plantea el adagio, “el lenguaje construye realidad”, por lo que estas escuelas procuran evitar términos que determinen una percepción negativa sobre un grupo específico. Se trabajan pautas de comunicación y existen términos y frases prohibidas tales como “este alumno es incapaz o tonto”, “ese curso es el peor del colegio” o “las niñas son malas para matemáticas y los hombres son malos para lenguaje”.
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2. Valoran el error como una oportunidad de aprendizaje y crean un clima o ambiente protegido:
Según el reporte de la OECD (2015), si bien las niñas poseen iguales capacidades que los niños, ellas presentan mayor dificultad para lidiar con el error, ya que suelen asumirlo como algo atribuible a ellas y no tanto a la acción realizada. Por esto, estas escuelas procuran transformarse en espacios protegidos que promueven su participación sin el riesgo de ser castigadas socialmente ante el error. Así, establecen normas y estrategias que reducen al mínimo las burlas o bromas cuando se equivocan o dan una respuesta errada, primando en su cultura dichos como “no hay preguntas tontas, sino que tonto es el que no pregunta”, por ejemplo. Por otro lado, con frecuencia realizan preguntas abiertas que permiten conocer la percepción de los estudiantes y frente a las cuales no existe una sola respuesta correcta, lo que disminuye la ansiedad y la posibilidad de “equivocarse”.
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3. Promueven la autoconfianza y la autoeficacia de todos sus estudiantes, especialmente de las mujeres:
Según la OECD (2015), una de las principales razones que explica por qué, a pesar de compartir talentos similares, las mujeres obtienen resultados más bajos en matemáticas y ciencias, es la confianza en las propias habilidades y competencias. En ese sentido, se ha descubierto que las niñas tienden a subestimar sus capacidades en estas disciplinas, incluso cuando su rendimiento puede ser similar al de un hombre. Una forma en que estas escuelas facilitan la construcción de estas habilidades es destacando tareas resueltas con facilidad por las niñas y aquellas en las que requieren ayuda, sin caer en comparaciones con los niños.
Por otro lado, se ha comprobado que los padres esperan, en bastante mayor medida, que sus hijos hombres estudien carreras relacionadas con ciencias y matemática en comparación con sus hijas mujeres. Del mismo modo, existen menos madres que se dediquen a estas disciplinas, lo que limita el acceso a modelos que orienten sus intereses y elecciones futuras. En consecuencia, estas escuelas llevan a cabo un trabajo conjunto con los apoderados para que, por ejemplo, las niñas reciban más estímulos e incentivos para practicar estas disciplinas en sus respectivos hogares.
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4. Premian el esfuerzo y progreso puesto en aprender, y no tanto los resultados o la persona misma:
No es raro encontrarse en las escuelas con situaciones donde los docentes felicitan a sus alumnos cuando les va bien con frases como “eres muy capaz o inteligente para las matemáticas”, o donde los critican cuando les va mal tales como “parece que esto no es lo tuyo”. En el fondo, frases como estas se centran en la persona y no en la acción que realiza, lo que refuerza la creencia extendida de que la inteligencia es algo fijo, que no se puede desarrollar ni incrementar con esfuerzo y dedicación. Pues bien, los profesores de estas escuelas parten de una base totalmente distinta: no niegan que existen ciertas “facilidades” para una u otra disciplina, pero eso no les dice nada respecto a las capacidades que cada uno puede desarrollar con esfuerzo, perseverancia y el apoyo necesario. Para ellos, la inteligencia se incrementa con cada nueva conexión, descubrimiento y aprendizaje que alcanzan sus estudiantes. Por lo mismo, premian el esfuerzo, la dedicación y el progreso que ellos experimentan, así como, a los que les va bien, los desafían a seguir mejorando, lo que repercute en un beneficio para todos, si bien, en el caso particular de las niñas, ellas se ven más beneficiadas todavía que sus pares varones.
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5. Valoran las distintas disciplinas humanas, sin relevar una por sobre la otra, sino mostrándolas como complementarias:
Gran parte del problema que se ha mencionado está enraizado en el hecho de que, implícita y explícitamente, existe una sobrevaloración de algunas profesiones y disciplinas por sobre otras, particularmente de las ciencias por sobre las humanidades. Esto también se extiende a las personas que se desempeñan en esas profesiones: si las mujeres eligen en mayor medida profesiones humanistas, esto se traduce en una menor valoración de sus habilidades. Sin duda que esto obedece, en gran medida, a una cuestión social que trasciende el rol de las escuelas, pero que de todas formas se puede comenzar a atacar desde el núcleo educativo que ocurre dentro del aula. Por esto, estas escuelas y sus equipos docentes no buscan reducir las brechas sólo con promover que más mujeres se motiven con el aprendizaje de las ciencias y las matemáticas, sino que también procurando que, frente al hecho de que prefieran en mayor medida las humanidades, eso no signifique algo negativo sino que una opción igualmente válida y destacable. No porque alguien elija literatura en vez de ingeniería es menos inteligente o menos capaz, sino que se trata de intereses distintos en que cada uno realiza un aporte al desarrollo de la sociedad.
Como país, no podemos permitirnos discriminar arbitrariamente a niñas y niños y privarnos del talento y la capacidad que cada uno tiene en las diferentes disciplinas humanas. Debemos preocuparnos como país -y especialmente como sistema educativo- de romper con los estereotipos y reducir estas brechas que perjudican arbitrariamente a las mujeres dentro del aula.
