Camila Torres y Carmen Gloria Salas, profesoras de Lengua Castellana y Comunicación, Colegio San Francisco Javier, Cerro Navia.
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La pregunta por cómo motivar la lectura parece ser un cuestionamiento constante entre los profesores que enseñamos Lengua y Literatura a niñas, niños y jóvenes. Principalmente, porque nos enfrentamos a una generación de estudiantes con escaso acceso al mundo de los libros (o, en su defecto, que no los prefieren ante otros estímulos) y que, a la vez, cuentan con un exceso de información proporcionada por la web y las redes sociales. Muchos de nuestros estudiantes han dejado de leer libros de papel y sin conocer lo que existe fuera de su barrio, conocen todo el mundo a través de una pantalla. ¿Cómo invitarlos a vivir la experiencia de una lectura centrada en el goce estético? ¿Cómo motivarlos a leer un libro escrito siglos atrás y con temáticas que parecen lejanas a sus vidas? ¿Cómo conectarlos con las problemáticas que hemos experimentado los seres humanos desde tiempos inmemorables?
En nuestra experiencia como docentes, con jóvenes de 7° básico a 4° medio, diversas estrategias han servido de impulso para que nuestros estudiantes se aproximen a la lectura de textos literarios. Compartimos algunas de estas que buscan, simplemente, mostrar el fruto de una experiencia probada, y que no agota de modo alguno lo que los profesores podemos realizar para acercar a los jóvenes a la literatura.
- Contextualizar: realizamos una indagación del contexto de producción de la obra y de la vida del autor/a, entendiendo que este ejercicio nos vuelca hacia la historia que porta cada obra literaria. Desde allí, nos sumergimos al mundo narrado a través de preguntas que nos inviten a buscar respuestas dentro de la lectura. Para estimular la curiosidad, a veces sólo basta con mostrar una imagen que sirva como punto de partida para un diálogo previo. Por ejemplo, la imagen de un axolotl (ajolote), extraña y novedosa, para lograr entender por qué el protagonista del cuento “Axolotl” de Julio Cortázar se obsesiona con ellos hasta convertirse en uno.
- Vincular: partimos de la premisa de que uno de los roles de la educación – sino el principal – busca que nuestros estudiantes se conecten con ellos mismos y su realidad. Por ello, es fundamental dentro de esta perspectiva relacionar la obra a leer con la experiencia cotidiana de nuestros jóvenes. Entonces, ¿cómo abordamos la lectura de una obra como el Lazarillo de Tormes? Pues, vinculándolo con la realidad de muchos niños y jóvenes que todavía viven en situación de calle o marginalidad. ¿Y cómo lo hacemos con Casa de Muñecas? Abordando los temas de género que se desprenden de la obra y revisando nuestras propias concepciones y prácticas cotidianas.
- Intertextualidad: invitamos a nuestros estudiantes, a través de diversos estímulos audiovisuales, a buscar las relaciones de intertextualidad que se presentan entre los textos y otras formas de arte: cine, pinturas, música, viñetas, entre otras; en cuanto a temas, personajes, lugares, formas, etc. A modo de ejemplo, la relación entre un poema como “El cuervo” de Edgar Allan Poe con un capítulo de la serie de televisión Los Simpson, transversal entre jóvenes de distintas generaciones.
- Visualizar e imaginar: nuestra educación, cada vez más centrada en desarrollar destrezas lógicas en los estudiantes, ha abandonado la tarea de potenciar el pensamiento creativo e intuitivo. Ante esto, hemos descubierto que un excelente ejercicio para motivar la lectura es hacer que nuestros estudiantes sientan, imaginen y visualicen pasajes de los textos que leemos, o que imaginen a los personajes. Desde allí, se pueden realizar ejercicios, como dibujar lo que imaginan y/o comparar los productos de su imaginación con los de otros compañeros. Así nos damos cuenta de que cada pensamiento es propio del ser humano que lo genera, valorando la individualidad de cada estudiante.
La invitación, entonces, es a que como profesores podamos generar instancias de aprendizaje verdaderamente significativas para nuestros estudiantes, aprovechando la infinita riqueza humana y espiritual que emerge de los textos literarios. Por supuesto que para lograr esto, en primer lugar tenemos que creer profundamente en nuestras niñas, niños y jóvenes; creer en sus talentos y habilidades, en su curiosidad y en su capacidad de asombro, pero por sobre todo, debemos creer y confiar firmemente en su infinita capacidad de aprender.
