Psicólogos como Carol Dweck han descubierto que la forma como los estudiantes piensan y se acercan a sus desafíos y capacidades, puede generar un gran impacto en su aprendizaje. Es decir, que un alumno que cree que no puede mejorar y que sus logros están determinados por su inteligencia (mentalidad fija), usualmente se resigna y es temeroso a la hora de enfrentar desafíos, a diferencia de los estudiantes que creen que su inteligencia puede crecer a través del aprendizaje (mentalidad de crecimiento). En otras palabras, expertos como Dweck han descubierto que la inteligencia es flexible y en ese sentido, incluso los estudiantes con mentalidad fija, puede aprender y mejorar en el proceso. Gracias a estas investigaciones, muchas escuelas en el mundo están intentando formar niños de mentalidad creciente, enfocándose en esta idea de la “inteligencia flexible”.
Sin embargo, lograrlo no es del todo simple pues la “mentalidad creciente” cambia según el contexto.
Por ejemplo, la clase de matemáticas es un contexto en el cual los estudiantes tienen nociones preconcebidas con respecto a sus habilidades. Muchos adultos, incluidos los profesores, crecieron, de hecho, recibiendo mensajes negativos con respecto a sus habilidades matemáticas, hecho que inconscientemente puede llegar a impactar en el aprendizaje de los niños de hoy. Basados en esto, en la escuela Two Rivers Charter en Washington, D.C. decidieron hacer frente al temor hacia esta asignatura, para instaurar una cultura matemática distinta.
Todo empezó por los profesores
Lo más clave fue cambiar la relación que los docentes tenían con las matemáticas como parte de una estrategia que buscaba mejorar los resultados académicos en esta área. ¿Cómo lo hicieron? Esto dijo el director de la escuela:
“En agosto de 2010, comenzamos escuchando profundamente las historias de matemáticas de nuestros profesores. Reconocimos que si no comenzábamos con su aprendizaje, nunca seríamos capaces de abordar el tipo de cambios de mentalidad necesarios para impactar el aprendizaje de los estudiantes. Los profesores -incluyendo docentes de arte y de preescolar- escribieron sus historias de matemáticas, compartiendo sus sentimientos más profundos y hablando de la gente y las experiencias que los llevaron tener determinadas creencias. Más del 65% de las historias que los profesores contaron eran negativas. Cuando eran estudiantes, nuestros profesores habían recibidos mensajes como “las niñas no son buenas para la matemática”, “está bien si no entiendes, de todos modos no lo necesitarás cuando salgas de la escuela” y “las matemáticas son algo que se entienden o no”. Estos mensajes eran omnipresentes y provenían de profesores con afinidad por las matemáticas, así como de profesores que no soportaban las matemáticas. Al reconocer estos mensajes, los sacamos a la superficie e hicimos a los profesores conscientes de los mensajes de matemáticas que explícitamente, y con demasiada frecuencia, enviaban implícitamente a los niños”.
¿Qué pasó después de este diálogo?
Los profesores se empoderaron y reflexionaron sobre sus habilidades matemáticas. Esto los ayudó a sentirse capaces a la hora de enseñar metodologías basadas en problemas, pero sobre todo, a cambiar una actitud personal para favorecer el aprendizaje de los estudiantes. Los profesores de esta escuela cambiaron el “libreto” establecido de sus propias historias para convertirse así en mejores mentores e instaurar una cultura en torno a la matemática totalmente diferente y positiva.

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Me parece un buen comienzo; sin embargo, esperaba más aportes para mi trabajo cotidiano. Aún así reconozco una gran idea el rescate de los paradigmas que tenemos los docentes como punto de arranque.