Según la UNESCO, en una escala mundial, al menos 758 millones de jóvenes y adultos no saben leer ni escribir y 250 millones de niños no consiguen adquirir las capacidades básicas de cálculo y lectoescritura. Esta problemática conlleva a la exclusión de jóvenes y adultos que no logran integrarse plenamente en sus comunidades y entornos sociales. Es por esto mismo que la alfabetización se considera además de un derecho, un proceso determinante en el desarrollo de los niños y un recurso de autonomía personal y social. Hoy la alfabetización se entiende también como un medio de identificación, comprensión, interpretación, creación, comunicación; como una capacidad que permite al niño comprender su entorno y como un predictor de éxito escolar y social. He ahí la importancia de hacer frente a la enseñanza de aquellas acciones que comprenden el eje de la alfabetización desde muy temprano.
“Inmunizar a los niños”
Helen Abadzi, psicóloga e investigadora en la Universidad de Texas, especialista de educación en el Banco Mundial y ex miembro del jurado de los Premios Internacional de Alfabetización de la UNESCO, asegura que la lectura, por ejemplo, es el resultado de un aprendizaje perceptivo, esto significa que con la práctica el cerebro aprende a reunir y descifrar letras. Al principio, un niño descodifica las letras por separado por medio de un esfuerzo que es consciente y luego, este ejercicio migra a una parte del cerebro que reconoce las palabras como si fueran rostros de personas. Así, la lectura se convierte en algo fácil, automático.
“No podemos ya dejar de leer, del mismo modo que no podemos dejar de reconocer los rostros de las personas que conocemos”, dice Abadzi.
Con el aprendizaje perceptivo, las personas aprenden a reconocer cosas y al ser una función visual que se adquiere y se ejerce con regularidad, permanece en la memoria. La psicóloga asegura que por eso, dicho aprendizaje perceptivo que se vuelve automático, es una forma de “inmunizar” a los niños contra el analfabetismo. Pero, aunque los niños que abandonan la escuela después de haber adquirido esa “automaticidad” son capaces de leer su entorno y mejorar sus habilidades de lectura, esta capacidad tiene una vida limitada:
“Algunos circuitos neuronales subyacentes a la percepción tienen períodos sensibles y experimentan en la adolescencia una desaceleración gradual. Si el proceso de automatización se interrumpe durante varios años, el niño puede perder un tiempo valioso que ya no podrá volver a recuperar”.
Activar la función del aprendizaje perceptivo
Como la automaticidad de la lectura es una función con un límite temporal, Abadazi aboga por asegurarla desde la infancia, específicamente, ella sugiere que a más tardar a los 18 años, todas las personas deben leer con soltura uno o más alfabetos. En otras palabras, ella sugiere que es fundamental “vacunar” a los niños contra el analfabetismo muy temprano, activando su función de aprendizaje perceptivo. ¿Cómo? La experta asegura que no se requieren actividades pedagógicas muy elaboradas:
“Los docentes deben enseñar las analogías grafofonológicas y multiplicar, debidamente comentados, los ejercicios en clase. El ejercicio práctico ayuda a vincular las unidades pequeñas a las grandes, las palabras y las frases. Es esencial usar libros voluminosos o una gran cantidad de libros para facilitar el desarrollo de la competencia de reconocimiento “facial”. Los libros deben estar impresos en letras grandes y espaciadas para satisfacer las necesidades visuales del cerebro. La escritura apoya la lectura, debemos pues adquirir vocabulario para comprender los textos. Como el proceso de lectura es universal, de 45 a 60 palabras pueden ser el criterio aproximativo del automatismo en casi todos los idiomas y alfabetos. Para que el niño aprenda por los textos el placer de la lectura esta velocidad debe alcanzarse a fines del segundo grado”.
El alfabetismo, más allá de la decodificación de las letras como tal, está determinada por el entorno y de hecho se debería entender hoy como un medio de identificación, comprensión, interpretación, creación, comunicación y sobre todo, como un elemento esencial del derecho a la educación en sí misma.

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