Maggie MacDonnell es una canadiense de 36 años que en marzo ganó el Global Teacher Prize, considerado el Nobel de la educación. Días antes de visitar Chile por primera vez, habla con “Sábado” sobre su vida, la escuela en el Ártico que revolucionó y qué espera conseguir después de ganar el premio.
Ahora la profesora Maggie MacDonnell está en movimiento. Va en un auto, saliendo de Toronto, donde fue a un festival de cine a ver en pantalla grande una película sobre una de las cosas que ha conseguido: el club de corredores de la escuela Ikusik en Salluit, un pequeño pueblo de 1.400 habitantes en el extremo norte canadiense. Ese logro, entre muchos otros, le valió en marzo pasado el Global Teacher Prize, el premio que entrega la Fundación Varkey a la mejor profesora del mundo.
Antes de embarcarse a Chile, invitada por Elige Educar para lanzar la versión local de este galardón y realizar una conferencia con revista “Sábado”, Maggie MacDonnell, de 36 años, cuenta cómo llegó a ser lo que es hoy.
Creció en Afton: un pueblo canadiense rural de la región de Nova Scotia, Canadá, cercano a una reserva del pueblo originario de los paq’tnkek. Por eso tenía muchos compañeros de cursos indígenas. Eso la marcó.
-Tuve padres que me enseñaron, desde muy joven, que estábamos viviendo en su tierra. Y que las inequidades que yo veía eran el resultado de una historia colonial que no era justa. Aunque había fronteras obvias y aparentes entre las dos culturas, traté de dar lo mejor de mí para hacer amigos con ellos. Lo logré con algunos, pero veía que muchas veces se sentían más cómodos en su propio grupo social, haciendo cosas entre ellos. No había muchos como yo que trataran de cruzar esas barreras.
El deseo de ser profesora, más que de enseñarles cosas a otros, vino por el deseo que ella siempre tuvo de hacer con gente más joven. Trabajar en un colegio era una forma de perseguir esa compañía. Como también disfrutaba del deporte estudió cinética, una carrera que estudia el movimiento del cuerpo humano que, según describe, es como la educación física. Lo hizo en la Universidad Saint Francis Xavier.
Cuando se graduó, postuló a una pasantía en el Instituto Internacional Coady. Ellos la mandaron a Botswana, donde trabajó en un orfanato que cuidaba a niños con VIH, o que eran hijos de padres con VIH. En África estuvo cinco años. También laboró en programas deportivos para refugiados del Congo y Burundi. Durante esa experiencia fue que conoció a su marido: un hombre de Tanzania, entrenador de básquetbol, llamado Abdullah Kafashe.
Hace siete años su hermana Claire, que trabajaba como asistente social en una región del Quebec, le dijo que en una escuela de allá necesitaban a una profesora. Era en el pueblo de Salluit, un lugar solo accesible por avión, donde el frío durante los inviernos alcanza los -25 °C, en el que mayoritariamente viven miembros del pueblo originario inuit.
-Sentí que como una canadiense no indígena realmente quería tener el privilegio de trabajar en una comunidad indígena. Principalmente, y puede que suene egoísta, para tener la oportunidad de aprender más sobre nuestra historia. Sabía que allá había algunos problemas muy profundos y enquistados, y que no iba a ser una tarea fácil. Pero si podía ir y aprender más sobre los que mis compatriotas indígenas tenían que vivir, me iba a sentir muy privilegiada. Una canadiense que fue criada de una manera no indígena, con padres que tenían educación universitaria, yo misma siendo una profesional universitaria, teniendo el privilegio de ir a trabajar a sus comunidades como profesora.
Luego de una entrevista por Skype que hizo mientras estaba en el Congo, MacDonnell se quedó con el puesto. Su próximo destino sería la escuela Ikusik. Un establecimiento donde 200 alumnos estaban acostumbrados a una cosa: que los profesores nuevos se fueran con la misma facilidad con la que llegaban.
Los icebergs
Cuando Maggie MacDonnell llegó a Ikusik, en 2010, tenía 10 alumnos. Eran todos hombres, entre 13 y 18 años.
-Tenía un programa diseñado específicamente para niños que eran vulnerables. O en riesgo de desertar del colegio. O que ya habían desertado, porque en las comunidades del norte de Canadá no muchos niños terminan el colegio. Entonces tratábamos de desarrollar un programa alternativo para crear un curso donde pudiéramos concentrar más atención en ellos y ofrecer lo que llamamos “aprendizaje basado en un proyecto”. Eso quería decir que aprendieran habilidades para la vida.
En simple, lo que MacDonnell tenía que hacer era entusiasmar a un grupo de estudiantes que, incluso a los 12 años, ya habían desertado, o que podían desertar, con un curso distinto. La meta era que volvieran, se quedaran algunos años y, ojalá, se graduaran. Ya sea con ese programa diferenciado o reinsertándose en el currículo tradicional del colegio. Pero para eso tenían que confiar ella y no era fácil. Sobre todo porque ella no era inuit.
-No logré integrarme tan rápido como en otros países donde viví. Entendía que el hecho de que fuera una canadiense no indígena allá, era mucho más polémico que ser una canadiense en Botswana. En las comunidades indígenas había un saludable nivel de desconfianza hacia los afuerinos, porque estaban acostumbrados a que no aguantaran el aislamiento y el clima. Además, muchos llegaban sin estar preparados para la realidad social y esa es otra carga para los inuit. Porque tenían que educar a quienes supuestamente tenían que trabajar con ellos.
La fórmula que MacDonnell aplicó fue simple: tener dos ojos, dos orejas y una boca.
-Traté de escuchar y ver mucha antes de emitir cualquier juicio sobre algo. Sentía que mis alumnos eran como icebergs. Si solo reaccionaba a que se estaban portando mal, tal vez los iba a castigar. Pero si miraba debajo de la superficie, que es donde está el 80 por ciento del iceberg, veía alumnos que se sentían solos o lidiaban con un trauma muy grande. Entendí que necesitaban compasión y no castigo. Así que tuve que ser muy paciente.
Con esa mirada, Maggie descubrió qué había detrás de los alumnos problemáticos. Escuchó historias de abandono, adicción y abuso. ¿Cómo logró ese nivel de cercanía? Iba a apoyar cualquier actividad que hubiera en el centro comunal. Si la comunidad necesitaba voluntarios para algo, ahí estaba ella. Pedía ayudar en los asados y fiestas de los padres de sus alumnos. Pero aun así, MacDonnell no podía combatir la gran tragedia de Salluit: los suicidios adolescentes. En todos sus años ahí, dice, perdió a 10 alumnos.
-Recuerdo presenciar el funeral de un alumno y lo doloroso que era ver a sus compañeros enterrarlo. Yo sabía que esos jóvenes querían tener un lugar seguro donde estar, un espacio donde pudieran soltar sus emociones. Pensé que hacerlo a través del deporte sería bueno para mí y también para ellos. Porque ellos podrían plantearse sueños, alcanzarlos y yo podría ver cómo los conseguían.
Maggie MacDonnell buscó subsidios y fondos en todo el país, y consiguió los recursos para construir un centro de entrenamiento, fundar un club para corredores e instalar un cocina comunitaria en un pueblo donde además de contar con una muy mala conexión a internet, hay problemas con el agua potable y el alcantarillado, la comida es cara y, añade, viven una crisis habitacional.
-¿Hay algún estudiante que usted sienta que salvó?
-Soy muy precavida al usar la palabra salvar porque hay demasiados discursos de salvación. Especialmente cuando tienes a gente blanca trabajando en lugares colonizados. Así que yo no diría que salvé a mis alumnos.
-Entonces un alumno al que usted influyó positivamente.
-Hay una niña que recluté para mi curso. Ella es la mayor de sus hermanos y básicamente tomó el rol de criarlos. Estaba en el programa académico normal, pero con muchas dificultades. No porque no fuera inteligente, sino porque yo siempre entendí que ella estaba acostumbrada a estar al mando, porque dirigía todo en su casa. Entonces le costaba tomar órdenes de adultos en un contexto más estricto y autoritario. Por eso siempre tenía problemas de conducta y se la pasaba en la oficina del rector, suspendida o expulsada de la sala. Me alegró mucho cuando sugerí que se uniera a mi programa y ella estuvo de acuerdo, porque yo podía darle más flexibilidad de horarios.
Maggie le encontró empleo a esa niña. Todas las mañanas hacía un reemplazo en la guardería comunitaria. Así ganaba algo de plata, aprendía a hacer un trabajo con la ayuda del personal y por las tardes iba a clases con MacDonnell. En esa guardería, dice la profesora, esa niña encontró afecto. Hoy, ya graduada, esa exalumna trabaja en el colegio como consejera.
-Ella pasó de ser una niña que se la pasaba castigada en la oficina del rector a ser un recurso para la escuela. Alguien que es bilingüe, que habla inuktitut e inglés, que puede trabajar uno a uno con niños problemáticos porque tiene un entendimiento de su realidad mucho más acabado que nosotros, que no somos indígenas, y que nunca tendremos. Entonces es bonito verla ahora en la oficina, aconsejando. Porque significa que le dimos un giro en 180 grados a su situación.
Lo pendiente
Maggie MacDonnell dice que solo se dio cuenta del impacto que había causado en sus alumnos cuando un equipo de la Fundación Varkey, que entrega el premio a la mejor profesora del mundo, llegó a Salluit a hacer un pequeño video para su candidatura. Ahí, explica, muchos exalumnos contaron que ella no solo los apoyó para graduarse y entrar a la universidad, sino que también los ayudó a superar etapas difíciles en que tuvieron ideas suicidas. Muchas veces esos eran pensamientos de los que ella nunca se había enterado.
El 19 de marzo, en Dubái, recibió el galardón. Declaró que pensaba destinar el millón de dólares del premio a un programa que recupere la tradición del kayak entre los inuit. Después de eso ha viajado por el mundo, siempre acompañada de alumnos, para hablar en distintas charlas y conferencias. Pero su cabeza sigue puesta en Salluit. En cómo hacer que este premio sea una forma de crear conciencia sobre las penurias que viven los indígenas. La falta de resultados, hasta ahora, la indigna.
-El gobierno canadiense no ha construido las mil casas que se necesitan en la región. Tampoco ha modernizado el consultorio para convertirlo en un hospital, ni entregado instalaciones de salud mental adecuadas, o un programa concreto antiadicciones en la comunidad. No sé cuándo veremos un gran cambio, pero espero que venga. Por ahora quiero ver si puedo cambiar la imagen estereotipada y negativa que existe sobre los indígenas. Creo que debemos entender que el éxito de los indígenas es un éxito para todos.
La clase magistral de la mejor profesora del mundo en Chile, El Mercurio. Sábado, 17 de junio de 2017.

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Maravillosa la historia. Maravillosa la profesora. Eso es vocación.
SE TRATA DE UNA EDUCADORA CON UNA VOCACION EXTRAORDINARIA DADO LO PRECARIO DEL MEDIO EN QUE SE DESEMPEÑA Y DE LAS BAJISIMAS TEMPERATURAS.
NO HAY DUDA ALGUNA QUE SE HACE MERECEDORA DE LA DISTINCION MUNDIAL. GRAN EJEMPLO A SEGUIR.
ME ESTOY PREPARANDO PARA ASISTIR A SU EXPOSICION EN EL GAM ESTA TARDE.
Me llama la atención de gran manera el de calificar a los estudiantes de icebergs , en el buen sentido… creo que sí los profesores vieran un mal comportamiento, con una mirada mas profunda que solo eso, habrian muchos chicos que hoy delinquen fuera de ese mundo todos ellos también son iceberg.. No solo niños problemas a eso puedo solo decir “VOCACIÓN” .
Tuve el privilegio de verla en la charla que hizo Educar Educar en el auditorio de TVN. Cómo coach estuve muy atento a su exposición y mi conclusión fue que su nivel energético era infinito, a eso le sumamos que su propósito de vida, su motivación, sus creencias y sus acciones estaban alineadas, he ahí la razón de su vida consecuente. Por otra parte, cómo jefe de Utp, tomé todos los apuntes para compartirlos con mi comunidad educativa. Como profesor, me inspiré a seguir con la formación de buenas personas ante todo, las calificaciones solo son un resultado. Cómo persona, gané una mentora a quien admirar y seguir su ejemplo.
Sólo vemos la punta del iceberg… Porque esto no sale en las noticias.
Eso es amar a la gente. Es velar por el prójimo demostrando amor, paciencia, llenando de autoestima a esas personas que so estan esperando una sonrisa cálida y que les digas que ellos si pueden. Devolver la confianza para que ellos tengan ganas de triunfar. El trabajo con niños, niñas y adolescentes es una labor gratificante.
Es una gran experiencia de éxito. Porque fundamentalmente miró, escuchó y sintió respeto por sus estudiantes y sus experiencias personales.