Hablando de Inclusión: ¿quiénes son los vulnerables?
Columna Desirée López de Maturana Luna, Vicepresidenta Ejecutiva Junta Nacional de Jardines Infantiles. Le Monde Diplomatique.
Una amiga me comentó alguna vez que viajó a Francia con un compañero de Universidad al que le habían amputado ambas piernas. Aunque con sus prótesis podía desplazarse relativamente bien, no era precisamente esa su fortaleza; él hablaba perfectamente inglés, francés y alemán. Ella por su parte, deportista, con un físico privilegiado, solo dominaba el español, su lengua materna. Todo el tiempo que compartieron en Chile, su amigo permanentemente era considerado discapacitado y muchas veces pasó a ser parte de las listas de los denominados vulnerables. Sin embargo, la situación cambió radicalmente desde el momento que subieron al avión rumbo a Francia y más aún, cuando llegaron a destino. Ella se sentía excluida al no comprender el idioma y su amigo fue el encargado de abrir todas las puertas en aquel país, al establecer un diálogo fluido en los distintos idiomas cada vez que lo requirieron, esto sin desmerecer su carisma y simpatía que lo hacían parecer más fácil aún.
Éste, como tantos ejemplos cotidianos, nos ayuda a poner atención al uso casi inconsciente que hacemos del concepto de vulnerabilidad. Sin duda que éste existe y corresponde utilizarlo, lo importante es reflexionar cómo, cuándo, y en qué contexto lo hacemos.
En el ámbito de la educación y las políticas sociales, muchas veces hablamos en espacios privados o en discursos públicos, sobre inclusión, y nos referimos a niños y niñas que son vulnerables, que provienen además de familias vulnerables, que viven en barrios vulnerables y, por si fuera poco, también estos niños asisten a escuelas vulnerables. Por supuesto, el correlato discursivo puede concluir en la necesidad urgente que estas personas tienen de ser subsidiadas y contar con todo el apoyo. Sin embargo, ante tanta vulnerabilidad que “per se” se le atribuye a un grupo de personas que por evidenciar una condición que se aleja de los estándares arbitrarios impuestos por la sociedad, se desdibuja la enorme cantidad de fortalezas que poseen y desarrollan por esa misma situación y, peor aún, perdemos de vista también, la responsabilidad que nos cabe a todos y todas por vulnerarlos en su derecho más básico de ser legitimados cualquiera sea su condición.
En el relato queda claro que la vulnerabilidad es una condición absolutamente contextual y de la que nadie puede excluirse.
Paulo Freire, en su extenso legado sobre pedagogía crítica, plantea que lo importante en una sociedad ética y estéticamente sana es reconocer y valorar, como su mayor riqueza, que todas y todos somos distintos, pero que reconocer esta diferencia, no es igual a caer en el paradigma de la “diferenciación”, porque ésta de forma pseudo amorosa, excluye, estableciendo categorías de normalidad de acuerdo a ciertas normas arbitrarias que permiten determinar quiénes son los diferentes.
Cuando hablamos de la o las personas vulnerables o de alumnos vulnerables, lo hacemos desde el paradigma de la diferenciación, es decir que solo algunos lo son, los demás parecieran estar salvados de esta condición. Como ya he señalado, le atribuimos solo al propio sujeto esa debilidad y no a las variables externas que generan tal situación y que la vuelven relativa y contextual.
Desde el punto de vista psicosocial y educativo, podemos decir que con nuestro propio discurso estamos profetizando que dicha vulnerabilidad sea tan creída por los sujetos que terminarán considerándose a sí mismos y a su entorno de esa manera. La teoría de la profecía autocumplida señala que esta falsa definición de la situación o de la persona que evoca un nuevo comportamiento, hace que esa falsa concepción se haga verdadera, perpetuando el error; y la complejidad mayor, está en que las personas percibirán el curso de los acontecimientos como una prueba de que aquello era cierto (Merton, R).
Hago este énfasis, semántico si se quiere, porque existe un uso indiscriminado del término vulnerable que no ayuda mucho, ni es coherente con todas las políticas, movimientos e iniciativas que se han venido impulsando en torno a la inclusión social desde la década de los 90 en distintos países y también en el nuestro. A saber, desde 1990 contamos con acuerdos internacionales que han resultado del Movimiento de Educación para todos en la Convención de Jomtien; en la Conferencia de Desarrollo Humano en Copenhague; sobre Desarrollo de la mujer, en Beijing; y con la Declaración de Salamanca, entre otros. También, aquello que ha surgido de los diversos movimientos sociales cuya presencia y funcionamiento activo promueven y velan por el cumplimiento de los derechos de la infancia, que surgieron a partir de la ratificación de la Convención Internacional de los Derechos del Niño respaldados por UNICEF, por mencionar algunas de otras tantas acciones que han coincidido en la necesidad de valorar las diferencias y avanzar hacia una sociedad más inclusiva e igualitaria. Junto con ello, la convicción de que solo es posible alcanzar este anhelo si ponemos genuinamente al centro de las políticas de desarrollo, al ser humano, favoreciendo la existencia de una sociedad participativa donde todos y todas seamos actores en las distintas esferas de la vida.
Noam Chomsky dice que, si asumes que no hay esperanza, garantizas eso. Del mismo modo, si asumes que hay un instinto hacia la libertad, que hay oportunidades para crear cosas, entonces existe también la posibilidad de contribuir a hacer un mundo mejor. Pero el temor a perder el control social, pareciera ser la causa de los moldes y patrones de vida que se nos imponen desde muy temprano en nuestras vidas para dirigirnos hacia un camino determinado, hacia un objetivo particular, que no es otra cosa, que dejar atrás la originalidad y la condición de sujetos únicos e irrepetibles. Cuando optamos por seguir pautas humanistas, estamos optando por una educación liberadora que se preocupa de la plena realización de las personas, de formar su conciencia crítica, de suscitar su inconformidad con lo establecido, legitimados ante sí y ante los demás.
Werner, establece una relación entre vulnerabilidad y resiliencia, donde las personas ante una fragilidad que les aqueja, desarrollan diversas habilidades que les permite salir con éxito de ellas. En su estudio, menciona a los niños a quienes se los denominó “invulnerables” por su resiliencia. Al inicio de su tesis se creyó que esta condición también era genética, pero la investigación arrojó, que esto se debía a la presencia de un adulto significativo en la vida de estos niños, que los aceptó en forma incondicional y, al mismo tiempo, reforzó sus competencias y su autovaloración. Las capacidades demostradas dependían entonces del “vínculo” de las interacciones y del entorno humano.
Dado lo anterior, es dable señalar que entre los principios pedagógicos que plantean las Bases Curriculares para la Educación Parvularia (BCEP), como el de actividad, de singularidad y de potenciación, se releva el protagonismo del niño y la niña en sus aprendizajes, a través de procesos de apropiación, construcción y comunicación, considerando que ellas y ellos aprenden actuando, sintiendo y pensando, según sus posibilidades. Para ello, se debe tener en cuenta que la singularidad implica que cada niño aprende con estilos y ritmos de aprendizaje propio.
La potenciación de las fortalezas, considera que el proceso de enseñanza aprendizaje, debe generar en los niños sentimientos de confianza en sus propias capacidades para enfrentar mayores y nuevos desafíos, fortaleciendo sus potencialidades integralmente. Otro de los principios que cobra gran valor a la luz de la investigación aludida, es el de relación, que se reconoce por medio de la integración y la vinculación afectiva como fuente de aprendizaje e inicio de la contribución social. Esto involucra reconocer la dimensión social de todo aprendizaje.
Afortunadamente las políticas públicas sobre inclusión en nuestro país, avanzan hacia el abordaje articulado de acciones intersectoriales y ponen acento fundamentalmente en la Educación. Uno de los grandes énfasis del programa de gobierno de la Presidenta de la República Michelle Bachelet, es la Reforma Educacional, cuyo eje central es recuperar y fortalecer la educación pública en todos sus niveles, generando mayores y mejores espacios de cohesión y de justicia social. Es entonces, nuestro deber como ciudadano, político, técnico o profesional, generar las mejores condiciones para ir erradicando los modelos que reproducen la exclusión y la segregación, atendiendo a que el lenguaje construye realidades y poniendo en valor las fortalezas de las personas y de su entorno.
Desirée López de Maturana Luna
Vicepresidenta Ejecutiva Junta Nacional de Jardines Infantiles JUNJI
Fuente: Junta Nacional de Jardines Infantiles

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