Te invitamos a leer la siguiente nota de “La Tercera” para conocer más detalles sobre la educación hospitalaria del país.
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Educando para sanar
De lunes a viernes acuden a clases, pero a diferencia de otros niños, sus aulas están dentro de los hospitales, ya que muchos padecen enfermedades que les impiden asistir a sus propios colegios.
Judith Herrera y Lorena Leiva
Mailyn (7) está concentrada en la tarea de la mañana: un dibujo de los planetas del Sistema Solar. Pero hace una pausa y explica con paciencia a Héctor (7) los lápices que se deben usar. “Yo te pintaré el sol”, le dice, mientras sus manos ágiles colorean el cuaderno de su compañero.
Parece una escena común de cualquier colegio. Pero hay una diferencia: es la clase de ciencias de la escuela Construyendo Sueños, instalada al interior de la Clínica Dávila, y su alumnado son los pequeños pacientes, enfermos crónicos y ambulatorios, que atiende el recinto.
Este es uno de los 40 colegios habilitados por el Ministerio de Educación en todo el país para realizar estas labores. El objetivo es que los pequeños que se encuentran hospitalizados o que no pueden acudir a clases por sus tratamientos cumplan las exigencias académicas y curriculares para que, cuando reciban el alta, puedan reinsertarse en sus escuelas. Todas son gratuitas y la mayoría es particular subvencionada por el Mineduc, mientras que el resto es municipal.
El área encargada de apoyar estas iniciativas es la Unidad de Educación Especial del Mineduc. Alida Salazar, coordinadora nacional, indica que la modalidad educativa es “multigrado, es decir, hay estudiantes de distintos niveles en la misma aula”, y que “debe estar orientada por los contenidos curriculares que se desarrollan en el curso de origen del estudiante y estar acorde con el programa de tratamiento médico”.
Así, en la Clínica Dávila se imparten clases de prebásica, básica y media. “Se realizan en la mañana, pero es un horario flexible y adaptativo a cada uno de los niños mediante un proyecto de aula grupal”, explica Helen Díaz, directora del colegio de la Clínica Dávila.
Tienen 25 alumnos, de diversas edades. Hoy, la materia se centra en el universo, tema con el que se trabajan todas las asignaturas. Son seis los profesores a cargo, quienes también enseñan en las habitaciones de los niños que, por su estado de salud, no pueden asistir al aula.
En esta ocasión, con Daylin y sus compañeros pintando el universo, la motivación se transmite en sus gestos. Tanto ella como sus otros cuatro compañeros están en tratamientos oncológicos. “Se aplica un mensaje de esperanza y se enseña a que tengan confianza en sí mismos”, sostiene Díaz. Los profesores se repiten esa misma lección: lo más difícil es saber que pueden perder a sus alumnos.
“Ningún profesor está preparado para esa realidad, para cuando el ‘hasta mañana’ no funciona, porque esa mañana no existe”, dice Díaz. Añade que el principal incentivo se convierte en continuar con los otros niños: “Sigues por los pequeños que quedan y porque sabes que llegarán más que también te necesitan”.
Rodrigo Pavez, uno de los docentes, dice que “uno debe mantener la fuerza, hay que tener la piel dura cuando ves esas situaciones, pero ellos no nos pueden ver desanimados, porque se dan cuenta”.
Mientras, en el Hospital Calvo Mackenna, desde 2009 funciona el colegio Con Todo el Corazón. Se trata del recinto con la mayor matrícula en el país: 120 alumnos y 14 profesores. El aula, que se encuentra en las dependencias del hospital, funciona igual que una escuela; tiene salas, un pequeño patio y una biblioteca.
Para Constanza Labbé, directora del colegio, el perfil del docente es importante. “Tiene una vocación más allá de lo normal. Es una persona que tiene amor por estos niños y tiene herramientas personales como para poder sostenerse en situaciones adversas”, afirma, y destaca la resiliencia de los pequeños.
“Están viviendo esta situación tan dura con miedo, ansiedad y dolor, por la que muchas veces deben dejar sus casas”. Frente a esto, el trabajo del colegio es vital, “todo lo que pueda beneficiarlos se los entregamos y eso los motiva, genera estas ganas en ellos”, indica.
Pero la pérdida de un niño es difícil. “Hay acompañamiento como comunidad, de cuidado emocional entre nosotros. Cuando un niño parte hay un dolor feroz. Inentendible. Se vive con los recuerdos que deja”, reflexiona.
En los niños es diferente: “Son más sabios que nosotros, porque conviven con este tema. La muerte la vemos como un rito, trabajamos con cuentos y conversaciones de nuestras memorias”.
De los 40 recintos, casi el 70% está en hospitales, y el resto en clínicas y otras asociaciones. La ministra de Salud, Carmen Castillo, indica que “nosotros lo propiciamos de todas maneras, nos interesa trabajar con esta posibilidad en niños que llevan mucho tiempo hospitalizados. Nosotros lo incorporamos como un tema de terapia, pues es un componente muy importante”.
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Fuente: La Tercera – Judith Herrera y Lorena Leiva
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