Por Jaime Carvajal Medina, profesor de Ed. General Básica y Magíster (c) en Educación Inclusiva. Asesor del área de Experiencia Docente de Elige Educar.
Entender que las diferencias son parte esencial de la educación sería de gran ayuda para avanzar en lo que nos queda por construir en la educación chilena. Si bien hemos dado grandes pasos en materia de integración, falta aún dar aquel que realmente signifique que todos y todas se sientan incluidos y participantes de la misma sociedad.
Esto no se logra sólo a través de leyes y decretos, sino más bien provocando cambios en la base de la sociedad, generando una reconstrucción de visión que considere que todas y todos tenemos el mismo derecho, lo que sin dudas “implica transformar el paradigma de la homogeneidad que ha imperado en la cultura escolar en Chile”(Mena, Lissi, Alcalay y Milicic, 2012). Este cambio de rumbo apunta hacia internalizar la diversidad y comprensión de las diferencias del otro; no como un problema, sino como una oportunidad de aprendizaje.
Hoy en Chile, de acuerdo a las cifras de Mineduc, hay 287.082 estudiantes con necesidades educativas especiales -tanto permanentes como transitorias- que asisten a establecimientos con Proyecto de Integración(PIE); proyecto a través del cual estos niños logran ser partícipes de los procesos de dichos establecimientos. El eliminar las barreras y hacer accesible el espacio educativo a todos, es un gran primer paso, pero trae consigo una tarea aún mayor: otorgar educación de calidad a un grupo mayor y más diverso de estudiantes; pasar de la integración a la inclusión. Políticas públicas como ésta nos han permitido avanzar hacia una cultura educativa más equitativa, pero más bien constituyen una base para construir políticas donde la inclusión sea un eje articulante.
Para avanzar hacia la educación que queremos, pequeños pero consistentes cambios que den cuenta de una visión de sociedad donde todos somos valiosos e importantes sin importar nuestras condiciones u otras diferencias, son un paso necesario. Por ejemplo, flexibilizar el curriculum para darle cabida al desarrollo integral de todos los estudiantes, reducir el número de alumnos por sala, invertir en la capacitación de todos los profesionales de la educación con foco en aulas inclusiva y -muy importante- sensibilizar a la comunidad educativa sobre este tema.
No es tarea fácil ni de bajo costo. Las políticas necesarias deben ser capaces de reconstruir paradigmas educacionales, fomentando la vida en un espacio común, abierto, respetuoso de las particularidades de cada integrante de la comunidad educativa, y con el absoluto derecho de cada uno de desarrollarse en todos los aspectos o enfoques que desee.
En un minuto donde día a día discutimos en la opinión pública cómo transformar nuestra educación, el 2016 debe ser el año en donde comencemos a construir estos cambios de manera decidida, partiendo de las importantes bases que hasta ahora hemos sentado. Sí, necesitamos que los tomadores de decisión del país tomen este desafío como un requisito fundamental para concretar la reforma que anhelamos. Pero más importante aún es el cambio de visión respecto este tema que, como individuos, debemos impulsar a diario.


