Compartimos el testimonio de Isidora Mellado Correa (28 años), Profesora Básica con mención en Inglés, quien decidió hacer clases en Kenya, África.
Llevo dos meses en Kenya y me quedo cuatro más. Trabajo en la ONG EducAfrica, haciendo asesoría educativa en escuelas que están ubicadas en zonas de extrema pobreza de Kenya. Mi labor consiste principalmente en empoderar a los profesores, otorgándoles herramientas para que puedan mejorar su trabajo. Para ello, debo observar clases en las escuelas Saint Martin’s, situada en Kibera Slum; y en Destiny Junior, ubicada en Mathare Slum. Entrevisto a los profesores de ambas instituciones, intercambiamos ideas con las directoras y conozco a la comunidad que rodea a los niños. De esta forma, tenemos una idea acabada de lo que significa realmente hacer clases en ese contexto tan adverso.
¿Por qué elegiste educar?
Estaba estudiando derecho y mientras hacía un ensayo sobre la falta de oportunidades, especialmente en contextos vulnerables, me di cuenta que la educación era la clave para mejorar esa desigualdad, porque es la herramienta más poderosa para una sociedad: permite a sus miembros tomar mejores decisiones y salir del círculo de la pobreza, drogas y alcohol al que se pueden ver expuestos.
¿Dónde comenzaste tu trabajo como profesora?
La primera vez que hice clases fue a estudiantes de III y IV medio que iban al preuniversitario Belén UC. Les hacía matemáticas, lo que era un desafío porque esa materia no la dominaba a la perfección. Mi primer trabajo formal como profesora fue en el colegio Pedro de Valdivia de Providencia, ahí fui profesora jefe de 4º básico y enseñaba varias asignaturas entre 3º y 5º básico.
¿Qué te motivó a viajar a África para trabajar con las escuelas de Kenya?
Creo que la falta de oportunidades en África es más grave que en otros lugares del mundo. Además, siempre he tenido un llamado muy grande por venir a este continente a hacer mi parte. Siento que en Chile y en Latinoamérica hay muchas necesidades, pero también hay más gente de los mismos países o de los países vecinos dispuestos a ayudar. En África, la situación es un poco más complicada, ya que los países no cuentan con los recursos para colaborar entre ellos mismos, la gente no está familiarizada con el voluntariado y la falta de oportunidades de emprendimiento es asombrosa. Creo que se necesita más gente apoyando a las personas que quieren salir adelante, ya sea en África, Chile o donde sea.
A primera vista, podríamos pensar que Pucón y Kenya son realidades educativas muy distintas; ¿es tan así?; ¿qué diferencias y qué similitudes has encontrado luego de conocer ambas?
Las diferencias son radicales, ya que la vida es muy distinta: desde la comida hasta la policía, la educación, el transporte y el gobierno. Las escuelas donde trabajamos son construidas con materiales precarios como latas de aluminio, pequeños troncos que actúan como vigas, el suelo es de tierra y no tienen ventanas por lo que son realmente oscuras. Los niños no tienen libros de texto, porque no tienen dinero suficiente para comprarlos, y solo utilizan el del profesor. Aman ir al colegio, porque dejan de preocuparse de que no tienen qué comer. Son niños muy independientes, ya que están acostumbrados a hacer todas las cosas por sí mismos, cuentan con poco apoyo de los padres o de los mayores.
Sin embargo, igualmente hay similitudes con Pucón: el cariño que los niños muestran hacia sus profesores, cómo se cuidan, cómo los mayores están preocupados de los más pequeños… Los niños siguen siendo niños en cualquier parte del mundo.
Pero las metodologías son diferentes porque las escuelas en las que trabajamos tienen muy pocos recursos educativos, por lo que las clases son básicamente de repetición y copia en el cuaderno.
¿Qué aspectos de lo que aprendiste en la escuela de aquí en Chile ha sido clave para tu trabajo en Kenya?
Creo que los niños te enseñan a entregar todo lo que tienes, a sacar fuerzas cuando sientes que no puedes más, a sonreír y ser una persona alegre y dispuesta a mostrarles las maravillas del mundo. Eso es tan cierto en Chile como en cualquier otro lugar. Los niños necesitan de profesores que les muestren con alegría y ganas lo que la vida les ofrece y lo que pueden aprender. Los niños de Kenya tienen tantas dificultades y desafíos, que ir al colegio debe suponer un elemento de felicidad, los profesores deben ser personas de confianza a las que les pueden contar sus problemas y el entorno de aprendizaje debe ser seguro y amable, porque muchas veces es el único lugar que los trata así.
¿Qué crees que será lo más importante que traerás contigo desde África y cómo piensas que marcará tu trabajo posterior?
Creo que lo más importante es intentar hacer de lo malo algo bueno. La resiliencia que tienen estos niños, las ganas que tienen de mejorar día a día, a pesar de todas las adversidades que tienen que enfrentar en sus vidas, hace que uno entienda que los problemas muchas veces los agrandamos, y que tienen una solución simple pero lo hacemos más difíciles y perdemos momentos preciosos por nimiedades. Además, esta experiencia me hace estar segura de la colaboración que se necesita entre los países.


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