No es ninguna novedad que en los últimos años no sólo han aumentado drásticamente los índices de violencia escolar en términos generales, sino que también la gravedad y sofisticación de los medios a través de los cuales se han cometido estos abusos. Es así como el fenómeno del ciberbullying no sorprende dado el contexto actual y que las muertes que se han ocasionado tanto directa como indirectamente, si bien nos han conmocionado inicialmente, lentamente las hemos ido olvidando. Por eso es que, más allá de las cifras y de las nuevas normativas que se han implementado, en muchas salas de clases se observa un clima hostil en las relaciones que aqueja a muchos niños, especialmente a los más vulnerables.
Ahora, el gran desafío en este problema consiste en plantear posibles vías de solución efectivas. Y -hasta el momento- no se ha descubierto una mejor vía de solución que el diálogo; no se ha inventado un mejor método que la comunicación asertiva y frecuente entre el docente y sus alumnos. Aquí algunas razones que apoyan lo anterior:
- A) El diálogo es la herramienta más concreta, a la mano y efectiva que tenemos todos los seres humanos para resolver las naturales divergencias que surgen en la convivencia, porque en principio no hay nada de lo que no se pueda conversar en algún momento.
B) Es el medio más enriquecedor y agudo para comprender el mundo que nos rodea (si no, pregúntenle a Sócrates y Platón).
C) Es el mejor instrumento para prevenir conflictos, ya que en la medida en que se mantiene una comunicación constante con los estudiantes a través de espacios inclusivos y democráticos, la convivencia mejora y las agresiones disminuyen.
D) El diálogo es el medio más rápido y efectivo para lograr acuerdos, establecer compromisos y regular su cumplimiento en tanto las palabras y gestos no verbales permiten empatizar con el otro y apuntar a una solución.
Ahora bien, ¿cómo, cuándo y con quién dialogar? Aquí, algunos aspectos que no se pueden ignorar:
- 1) Lo primero es que se requiere de dos o más personas, una escucha activa por ambas partes y cierto nivel de cercanía afectiva para acoger el mensaje, así como facilitar que la interacción docente-alumno sea lo más sincera posible y no esté obstaculizada por la desconfianza.
2) Es importante que exista una estructura relativa al tiempo a utilizar, su distribución y su monitoreo, así como objetivos hacia los cuales apuntar. Si no, es probable que los estudiantes se dispersen y que sea muy difícil articular la diversidad de pareceres y los momentos de cada intervención (son muchos los profesores que luchan por entablar un intercambio verbal con el curso al comienzo o durante la clase sin mayor éxito).
3) Es recomendable que exista una organización estratégica del espacio, ya que no es lo mismo conversar cara a cara que mirando de reojo o la espalda al compañero. Es recomendable organizarlos en un gran semicírculo (siempre que sea posible) para que todos se vean las caras. Si el espacio es reducido, es mejor conformar tres bloques con dos filas contrapuestas y una tercera perpendicular a éstas, dando la idea de un debate entre dos posiciones y una tercera que actúa como jurado.
4) Es necesario escoger un momento estratégico para dialogar con los alumnos, pudiendo ser al comienzo (para generar un ambiente socioemocional positivo) o final de la clase. Ahora, si frente a una determinada actividad se ve que los estudiantes no participan o están aburridos, esa es una inmejorable instancia para transparentar y evaluar esa situación a través del diálogo, intercambiando percepciones e introduciendo los cambios necesarios para revertirla.
5) Por último, a la hora de determinar con quién dialogar, es recomendable combinar espacios colectivos de interacción así como, siempre que el tiempo lo permita, mantener un contacto frecuente a nivel individual o en grupos pequeños, tanto antes como después de la clase.
En diversos casos se ha observado que situaciones conflictivas como boicots por parte de los alumnos de la clase de un profesor, agresiones verbales y físicas, además de los castigos y las amenazas aplicados por los docentes, se han comenzado a resolver de manera pacífica a partir del momento en que el profesor se allanó a conversar directamente con el grupo-curso, transparentando la situación y abriendo un espacio democrático de participación en que se respeten todos los puntos de vista, evitando responsabilizar a alguien en particular y, sobre todo, buscando una solución real a través de acuerdos transversales. Si no se ofrece el espacio, igual los alumnos se van a comunicar, y no de la manera más funcional precisamente. Según la teoría sistémica, no comunicar es, de todos modos, una manera de comunicarse y que, a la larga, puede derivar en un descontento mayor no expresado que se traduzca en los fenómenos antes mencionados.
Del profesor depende evitar a tiempo esa situación.


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